Notas culturales - Amparo Osorio

El reino errante
Reseña sobre el libro de Jorge García Usta (Aparecida en Revista Prisma Tercera época No. 38, Bogotá, II trimestre de 1991)

Imaginación y memoria trazan el sendero por donde Jorge García Usta, re-crea la migración del mundo árabe en su libro El reino errante, territorio impregnado de tiempo y sueños con su legendario tejido de voces que justifican la melancolía y desbordan en luz y afecto las lunas milenarias de viejos hacedores: Muchas veces pactamos el amor,/ pero nadie vio/ que traíamos el corazón/ apretado por un ruego indecible,/ el rostro ardiendo/ por la eminencia de la derrota,/ nadie en los abismos de los forasteros/que olían las orquídeas/como niños íntimos./ La ceremonia del exilio se vuelve entonces permanente navegación, y entre admoniciones, noticias, cábalas, declaraciones de amor u monólogos, El reino errante se convierte en eco ancestral que no precisa geografías. En él vivenciamos la huella lacerante convocada por el silencio de aquellos que nunca parten. –Mi abuelo vino desde Damasco entretejiendo brumas- (podría leerse imaginariamente en alguno de sus versos), y aunque así no dicho, está su paso blanco por todos los rincones de estas páginas, cuando la piedra se tatúa con sangre, y los emisarios de la arena ritúan dátiles en la más alta hora solar, en tanto que cercanos a la hoguera los corazones de las mujeres y los niños descifran al viento. Instaurada la fábula y luego de su tránsito por la ladera que la perpetúa en músicas rituales: ¡Ah, la vasta enrancia!/ A cuántos hizo hombres,/ a cuántos, recuerdo/, ascendemos con García Usta a la memoria impregnada de patios y pájaros abaleados. Playas que se abren pródigas en una tierra nueva. Aguas para lavar la herida del exilio. Calles cuyo declive con su piedra bautismal, recuerdan toda la antigua historia. Ventanas para la nueva canción que el mar se lleve. Y en la última luz, vulnerados todos los paisajes, sabemos que una vez más será posible con su brújula, perseguir las noticias del olvido. “…Y aquella mano, ya página de polvo…”


Alegría ante la muerte
Reseña del libro Oficios del Goce, de: Enrique Yepes (Aparecida en revista Común Presencia No.13/14 Bogotá, abril/2001)

Quizá la alegoría del autor, en este libro de contenido rigurosamente filosófico, sea discernir el goce manifiesto entre el combate de la necesidad y la fascinación de las rupturas. El conjunto de sus análisis antes que pretender deslumbrarnos, intenta ser un paso reflexivo que nos permita indagar por las galerías y estadios de nuestra desazón interior, donde el mismo goce (sinónimo de sobrevivencia), clave de nuestra contradictoria identidad latinoamericana, es re-significado para recobrar la connotación de la alegría ante la muerte propuesta por Bataile.

La aventura que se inicia con Flor y Canto –término para definir la poesía en el idioma náhualt– finaliza en Hacia la otra orilla, confluencia de las más recientes voces del territorio antioqueño, y en las que, según el propio Yepes "los desechables de Medellín", inauguran un lenguaje marginal para inscribir dentro del género literario sus obsesiones más cotidianas.

Evoca con precisión La guerrilla estética de los años sesenta, el surgimiento de diversos grupos artísticos a lo largo y ancho de nuestros países y los Movimientos que revolucionaron toda una época a través de sus diversas utopías entre los que vemos discurrir: El Nadaísmo en Colombia, Los Tzántzicos en Ecuador, El Techo de la Ballena en Venezuela, el Grupo 8 en Costa Rica, El Grupo de los Elefantes y la Generación Mufada en Argentina, la generación Tropicalista en Brasil, Los Mafiosos en México, y Orígenes en Cuba; post-vanguardias que no sólo dieron nacimiento a colectivizaciones y manifiestos, sino que posibilitaron la creación y enriquecimiento cultgural de diversas revistas literarias.

Con agudeza psicológica traza un mapa válido para definir Las identidades dislocadas entre Alejandra Pizarnik y Cristina Peri Rossi, exorcismo de manos crispadas que conduce a una poética de desarraigo e interiorización, que desde otra orilla cobija también a grandes escritores de América Latina como Olga Orozco, Clarice Lispector, Idea Vilariño, Severo Sarduy y Enrique Lihn.

En El acto de autonomía y las alianzas, capítulo dedicado a Rosario Ferré y Gioconda Belli, relaciona el sentido de identidad, cruce de espejos mutuos, con el que casi podría decirse que se inaugura la poética de autoexploración, influyente y representativa de la década del ochenta.

La violencia, la miseria, la desolación, las anomalías que provocan una realidad descarnada, en ocasiones propician una forma expresiva que es profundamente trabajada por Enrique Yepes.

Rico en citas y análisis, este libro impresiona por la minuciosidad con la que el ensayista va tejiendo su legado, para adentrarnos en una América Hispana llena de marginalidades y silencios que se vuelven identidad y grito, desplazándonos por diferentes épocas de la más reciente historia de tortura y exilio de nuestro continente.

La novedad de Oficios del Goce aunque un poco en su concepto, está también implícita en el estremecimiento de esas voces que se alzaron para crear desde su fuerza interior una rebeldía literaria, que no sólo se inscribió como tal en el ámbito universal, sino que permitió socavar dentro de los linderos sociopolíticos de nuestros países subyugados, denunciando con una palabra innovadora las precarias condiciones de su tiempo.


La fábula y el desastre
Reseña del libro La fábula y el desastre de: Alvaro Pineda Botero (Aparecida en revista Común Presencia No.15 Bogotá, junio/2002)

Fielmente representada por un pensamiento incisivo, La fábula y el Desastre (Estudios críticos sobre la novela colombiana, 1650-1931), mucho más que un documento utópico es el análisis detallado y fiel de una historia sucesiva. A lo largo de sus páginas el autor evalúa significantes y significados de las 52 obras registradas, tejiendo un intenso “corpus” que nos conduce por los ideogramas de nuestra narrativa hasta 1931, pilares que no sólo son revelación y hallazgo, sino recordación inusual de las características que predominaron en las estancias narrativas universales (Romanticismo, Post-romanticismo, Realismo, Modernismo) y que al fusionarse con nuestros lenguajes regionales dieron origen a todo tipo de definiciones por parte de otros analistas, conceptos que pineda Botero desestima muchas veces.

Confluyen en estos estudios críticos no sólo el análisis del contenido y los antecedentes de las obras, sino las referencias y referentes de los autores, su entorno, contextos culturales, afinidades generaciones e influencias exteriores de otras literaturas de la época y que de una u otra forma fueron asimiladas por los escritores locales.

Para citar uno de los pocos ejemplos de su intenso trabajo, Pineda Botero, nos induce en El desierto prodigioso y prodigios del desierto, escrita hacia 1650-1673, y en la que el autor: Pedro de Solís y Valenzuela (Bogotá 1624-1711), recrea instancias reales de sus ancestros inmediatos, (llegados con la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada en 1538) durante la Fundación de Santafé de Bogotá.

El ensayista nos induce por las simultáneas argumentaciones de esta novela, suma de interrogaciones, códigos, reflexiones, signos e inquietudes teológicas en la búsqueda de la divinidad, hasta llegar al imaginario o representación simbólica del laberinto a través de mansiones (capítulos) que van describiendo las navegaciones funerarias en la psiquis del autor y cuyo valor excepcionar no sólo radica en el hecho de estar considerada como la primera novela hispanoamericana (¿) sino en esa suma de voces que convergen y constituyen un gran aporte en la evolución del género de la novela, en un recorrido interior que nos lleva del Barroco imperante en la España de 1960 al colonialismo americano anecdotario y fundacional.

Aunque justificado el interés de Alvaro Pineda Botero según sus propias palabras en “acercarme a la novela colombiana desde sus orígenes, más como novelista que como historiador o crítico”, la trilogía se cumple de manera amplia, convirtiendo la obra en un documento sobresaliente y de privilegiada lectura, puesto que entre sus innumerables aciertos está también implícito el descubrimiento historiográfico de obras fundamentales para el panorama creativo nacional y de las cuales en muchos casos sólo se conservan registros bajo el polvo en los anaqueles de antiguas bibliotecas.

Continuando la ardua lectura y asistidos del hilo conductor que teje las épocas de las obras: (La Colonia, La República, La Independencia, etc.,) encontramos múltiples textos cuyo transcurrir literario va desde conspiraciones septembrinas, amores imposibles, sabidurías indígenas, costumbrismos y epopeyas, exilios, duelos y traiciones, generando todo tipo de nombres para la narrativa colombiana, como: novela indigenista, poética, regional, romántica, histórica, época, social, política, etc., entre obras que en algunos casos apenas son el esbozo de una intención novelística y otras que por su contenido y estilo han trascendido el panorama nacional constituyéndose en paradigmas de la narrativa latinoamericana.

La lectura de las 580 páginas que conforman las novelas analizadas, es ante todo el registro profundo y brillante de una escritura que no ha dejado de ser nada distinto al oleaje continuo entre la utopía y el fracaso, la vida idílica y la violencia descarnada, y que quizá el autor definió magistralmente como: La fábula y el desastre, para una mayor comprensión de nuestra cuestionada tradición narrativa.


Misteriosa levedad
Reseña del libro Antología poética de: António Ramos Rosa para Revista Común Presencia No.17 Bogotá, Abril/2005)

Metamorfosis de oscuridad en luz. Transmutación de claridad en relámpago, como si el tiempo y cada palabra pronunciada, construida, reencontrada, tuviera el necesario sino de una permanente confluencia edénica. Poética que implosiona en una alternancia reveladora, serenamente contenida de una suprema sensibilidad.

No es sin embargo en esos únicos espacios donde la obra de este poeta portugués nacido en Faro en 1924, ha cifrado sus más altos y metafísicos instantes. Una treintena de libros desde: El grito claro (1958), Viaje a través de una nebulosa (1960), Voz inicial (1960), Sobre el rostro de la tierra (1961), Ocupación del espacio (1963), Terrear (1964), Estoy vivo y escribo sol (1966), Claridades (1986), Pólen silencio (1992), Clamores (1992), El principio del agua (2000), El aprendiz secreto (2001) entre otros, nos franquean sorpresivamente los múltiples universos que António Ramos Rosa ha venido tejiendo y cuyas puertas permanecen abiertas para que penetremos por diversos haces de luz, en el ámbito de su imaginación.

Ya en sus iniciáticos: El grito claro y Viaje a través de una nebulosa, la escritura discurre en constante confrontación con un tiempo de oprobio a través de poemas precisos que develan su permanente preocupación por la reivindicación del ser y la denuncia de sus opresiones:

El tiempo impersonal / En que fingimos tener un destino cualquiera / Para que nos conozcan los amigos forzados / Para que nosotros mismos nos sintamos humanos / Y este fardo de tinieblas / este dolor sin límites / Lo podamos llevar en una valija portátil...

Movimiento siempre para ser habitado. Espacio de presencias –a veces ausentes– que António Ramos Rosa integra a su universo íntimo, para que recorramos todas sus vertientes

Una rosa fulgura / No es extraño / Sobre una lágrima

Y la reminiscencia aunque posee el decantamiento de una antigua nostalgia, renueva la mitología del asombro permitiéndonos vislumbrar la vitalidad órfica con la que el poeta ritualiza la palabra, para que una vez más se cumpla el mito.

Levedad impregnada de misterio para que la imagen sea transportada por un vilano que al final del viaje ha esparcido sus catalizadoras semillas capaces de ofrecer uno de los mayores encantamientos de su palabra: el hilo conductor que bien nos transporta a la respiración densa de cada poema, o el trayecto que paradójicamente guía a esa misma levedad misteriosa, a la desnudez, al despojamiento total.

Materia en trashumancia. Ser o no ser en la inmanencia de ese viaje circular que es el poema y en el que una vez más el poeta reafirma la intensidad de un esencialismo transparente para plasmar la imagen a través de signos intemporales, abstracciones cósmicas o propuestas alquímicas.

De las atmósferas en las que lenguaje y realidad se conjugan para que el verbo poético irrumpa dentro de su más clara y suprema sensibilidad, pasamos a su tejido de los contrarios. Poemas en contravía y cuyo eje central es un destellante magnetismo:

Cuántos caminos se abren en la página respirable, ¡cuánto azul se propaga en las palabras desnudas, cuánta sombra por el calor adentro!

Misterio versus claridad, formulación y búsqueda permanente. Azul, más desnudez y sombra, tejen ese exquisito halo de enigma que constituye nuestra otredad existencial.

A través de sosegadas respiraciones, el autor nos acerca a otro de los eslabones de su obra: La poética de la luz, que emerge con su dialéctica de tinieblas:

¿Será posible despertar? ¿Será posible vibrar? Esta es la ceniza última del ser. Tal vez yo venga a renacer aquí, en el silencio laberíntico, escuchando sobre un árbol blanco la tranquila voz del mar.

Poeta múltiple, de linaje profundo, de fecundas dualidades, António Ramos Rosa, una de las altas voces de la poesía portuguesa de todos los tiempos, nos invita una vez más a la cómplice liturgia de sus palabras, esas que:

Descienden por escaleras negras / Hasta las primeras aguas y las redondas sombras / En que el silencio es / El puro silencio sin imágenes.


El linaje del agua
Reseña del libro Secreta Mudanza para Revista Común Presencia No.17 Bogotá, Abril/2005)

Heredero de una rica tradición: "el agua", Antonio Correa Losada, escritor colombiano nacido en Pitalito (Huila) en 1950, con su personal palabra poética, nos entrega Secreta mudanza, cuyo rigor nos lleva por atmósfera palpitantes que nos van abriendo su mundo de cosmogónicas visiones.

La lluvia ensordece / sobre las maderas / y del agua emerge / el cuello del animal / y suave / asciende / la casa estremecida.

El agua, quizás una de sus más constantes invocaciones... nos llega en este poemario a veces contenida de fantasmas, de trozos de madera, de un rumor constante que recorre escaleras sombrías o pasadizos húmedos, o irrumpe en ocasiones con la desolación de lo perdido que se recupera en sus ondas que regresan (lluvia o río, o simplemente esa humedad que levita en estancias extraviadas). Agua, siempre agua como representación de una catarsis que tras la devastación, imprime al corpus del poema una serena y extraña dulzura y que en ocasiones también nos alcanza como elemento fundamental que lava y mitiga las pesadumbres.

(...) La lluvia hunde sus dedos / en el fango y se lleva / la fija sombra de lo que ya no está.

(...) ¿Qué hace el ojo / para fijar el agua / a punto de borrarse / con el sueño?

Todo este transcurrir por imágenes que simbolizan el río, pareciera ser la bitácora de viaje por la que el poeta navega hacia su palabra de matices nostálgicos.

Esta navegación es quizá la que lo conduce también a su Secreta mudanza, que pareciera no ser más que una íntima elección de este viaje infatigable, que porta en su equipaje los elementos de un viaje interior y físico largamente iniciado hace ya muchos años.

Estrechamente unidos a esta lectura vamos eslabonando inquietantes preguntas:

En la pensión / el extranjero busca / debajo de los muebles / monedas que apacigüen / el incendio / el agobio / Y una delgada ave sale de su boca.

Este fragmento de su poema Ventana que bien pudo ser escrito en cualquier estancia de alguno de sus viajes, o bajo la contemplación de las cúpulas de aquellas iglesias que alguna vez fueron testigos silenciosos de su ejercicio de lazarillo, cuando Borges lo eligió para recorrer de su brazo el histórico centro de las callecitas quiteñas, o en su travesía por los paisajes húmedos de nuestra Leticia amazónica. Esa ventana, repito, que nos muestra sin dificultad el impacto en la retina de Correa Losada, de aquellos monumentales monolitos de la Isla de Pascua, o de la calle Recoletta en un monólogo interior con su Borges de siempre, o su fascinante celebración de los imperios aztecas, nos permite también asomarnos a la nostalgia de su exilio.

Y devora con las manos / El tiempo –agrio y dulce– / De una geografía en éxodo.

Verso contrapuesto que nos remite también a esa evocación citadina, a las calles donde la noche avanza entre el clamor de los solitarios y el eco de puertas y cerrojos, imágenes contenedoras de su fervor por el adjetivo preciso, por la arquitectura del poema, por el simbolismo que habita en cada uno de sus espacios interiores, elementos todos que le imprimen a su voz su tono único:

Perturbado / Camino por un denso jardín / Y leo la oración del moribundo

El poeta, viajero también de la noche y de los libros, de las miradas y los pájaros como nos lo recuerda El vuelo del Cormorán, una de sus primeras publicaciones, condensa en este nuevo título la voz primordial de la vigilia que asalta al extranjero. Esa que extrañamente nos hace recordar en muchas de sus atmósferas al poeta alejandrino Kafavis, y que a pesar de los caminos nos permite regocijarnos con esa Secreta mudanza de Antonio Correa Losada y testimoniar de nuevo el hallazgo de esa ciudad que siempre lo habita, el reencuentro con su patria de palabras que siempre va con él.


La poética del bronce
Apuntes sobre la obra pictórica de Jim Amaral. Nota para el libro Vigilias, de Javier González Luna (Común Presencia Editores, Bogotá, noviembre/2004)

Asomarse a la obra escultórica de Jim Amaral, no es recorrer un tiempo circunscrito en el aquí y ahora del arte contemporáneo. Es, como lo pensaría Borges: arribar a un espacio cósmico, donde las infinitas y múltiples obsesiones del artista, nos develan claramente todos los puntos del universo. Bajo esta premisa contemplamos su obra, donde la Esfinge aguarda y su cadencia es el secreto encadenando al tiempo. Es el punto y la esfera. Es la impasible serenidad en el imaginario y tramposo recuadro de la eternidad.

El artista lo sabe. La deificación de su mitología interior se abre para mostrarnos las reliquias etruscas que nos conducen por la existencia de esta cultura con sus descripciones indescifrables. Perros guardianes evocadores de la antigua nostalgia de los navegantes, que con sus cabezas esbeltas desafían el olvido. Caballos azules que custodian las tumbas funerarias. Divinidades que preservan en la ausencia de sus bocas el himno del mar. Rostros amordazados que quisieran hablarnos del enigma (¿del ser? ¿del tiempo? ¿De ese que fue suyo real y mítico? ¿De este nuestro, vacuo, fugaz y mentiroso?)

Súbitamente algo nos detiene: Su trascendente pátina en la que imperan el azul y verde. Colores fáusticos y monoteístas que al decir de Oswald Spengler son: «Los colores de la soledad, de la solicitud, de la gran curva que une el presente con el pasado y el futuro, del sino como decreto inmanente en el cósmico conjunto».

Curva: pensamos recordando la sentencia de Spengler. Presente con pasado, pasado con futuro en este recorrido de pulsaciones indefinibles lleno de Minotauros y Libélulas; de Lunas escondidas en un vientre de mujer, quizá para recordarnos que allí se resumen la luz y la ceniza; de Yelmos en cuyo fondo se inscriben extraños jeroglíficos; de Hombres-pájaro que en ocasiones parecieran contemplar el infinito como cazadores de estrellas: de Vigilantes inmóviles de un remoto pasado, que cruzan por la pátina como ángeles sobrevivientes de un complejo universo.

Sino: decimos. Y resplandecen los Talismanes adosados a una espalda andrógina, que en el imaginario colectivo quisieran protegernos del ineluctable ocaso. Torsos mutilados: materia y forma que podríamos casi leer, porque en todas sus líneas está contenido el misterioso encanto del pasado.

Espacio-tiempo-profundidad-color. Categorías que Jim Amaral maneja para legarnos sus metafísicas y que entre movimiento y sensación, nos inducen a atravesar sus túneles para hallar del otro lado nuevos seres, aquellos cósmicos argonautas del futuro y sus intrincadas máquinas del tiempo, bajo cuyos engranajes nos sentimos participando de una lúdica bradburiana.

Cósmico conjunto: reflexionamos y no es otra cosa lo que el artista ha logrado bajo los pliegues del metal, por los que descendemos nuevamente a su espacio físico. La espiral de los cuerpos nos atrapa como una bengala en la retina. El escultor permite que éstos nos hablen en su propio lenguaje. Los conduce como un astrolabio para que observemos su posición y movimiento. Sexos abiertos al flujo y reflujo de su erótica misteriosa y cuya fantasía obliga a levantar el velo para acceder a recintos inviolados, esos que quizá encierran en su ascesis la temeraria y ansiosa respuesta del hombre. Brazos que giran como aspas aladas en un vuelo que toca el infinito. Cerebros en cuya corteza está inscrita la primera y última metáfora de la vida. Cuerpos en sepia. El punto y la esfera nuevamente. Eslabones y Centauros. Minotauros, Ruedas, y Cadenas. Ventanas que se abren posibilitando nuestra libertaria imaginación.

Un recorrido «De profundis» por su «Noche lunar», en el que nosotros también como en el Aleph de Borges (y que el poeta nos preste sus palabras) vimos un rostro y todos los rostros del pasado, vimos una mano modulando su obra, y en esa mano la huella digital que nos revela el alma del artista, vimos la sonrisa de Jim Amaral que contiene sus sueños y todos los sueños de los hombres. Vimos la interrogación, y el signo y el punto y entramos a la casa del tiempo, para encontrar de frente la definitiva poética del bronce.


Símbolos de una perpetua memoria
Apuntes sobre la obra pictórica de Fernando Maldonado
Nota para libro Revelación y caída, de: Georg Trakl. (Común Presencia Editores, Bogotá, octubre/2002)

Viajero de la expresión, Maldonado es un incesante creador decidido a liberar sus obsesiones, sus sueños y delirios utilizando todos los signos y caminos abiertos por los más arriesgados pintores del arte universal. Para él todos los hallazgos estéticos sirven y es necesario utilizarlos previa pregunta a la muerte.

Una multiplicidad de indagaciones oscilantes entre las tendencias del expresionismo, el surrealismo y un religioso futurismo, trasegado durante las dos últimas décadas, nos dejan suspensos ante sus trazos que gravitan a lo largo de esa obra enraizada en una profunda poética y en la simultaneidad de sus espejos sensibles.

Fernando Maldonado es el místico que cuenta el porvenir en atmósferas del pasado. Sus Anunciaciones futuristas y sus elementos mágicos figuran lo hierático. La huida de lo sagrado lo perturba, y su pintura más que una crítica o confirmación de la ausencia de los dioses, es una reflexión, un intento por recobrar lo ritual y las relaciones del hombre elemental, emprendiendo un discurrir concéntrico que regresa cómplice al origen de las formas.

Los signos que devela, no están allí al azar, aparecen ejerciendo su sentido mítico, primordial. Existen entonces sus sábilas que emanan un poder mágico y hacen levitar los elementos, sus conejos y peces suspendidos. Las sombras voraces que acechan siempre a sus personajes y los niños atados a la naturaleza-mujer. Medialunas en el vientre, ciudades bíblicas que se desmoronan... Pinceladas, en fin, que afirman el ayer, el ahora y el mañana, plasmando símbolos de una perpetua memoria.


En el reino de Maldoror
Prólogo al libro Cuentos perversos (Común Presencia Editores, Bogotá, abril/2002)

Si la literatura puede hacer belleza de la perversidad fundando escenarios de una lúdica fascinante como lo demuestran los veintiséis relatos seleccionados, y ofrecer herramientas fundamentales en el conocimiento del ser humano como lo comprobaron Freud y Jung; la Colección los Conjurados, además de pretender una vindicación de los autores incluidos, es un reconocimiento a la más libre imaginación humana.

El camino circunscrito en estos textos, más allá de una idea del bien o del mal, nos abre un espacio literario que reprimido, extraviado o escandalosamente consagrado, descifra nuestra íntima naturaleza, acercándonos a lo que Nietzsche en su Genealogía de la moral, denunció como esa «equívoca conciencia» que durante siglos hizo contemplar al hombre «con malos ojos» sus inclinaciones naturales.

Separados de nuestra profundidad, fuimos obligados a portar la máscara para tener cabida en un escenario moral establecido; las religiones estigmatizaron el hedonismo, y el gran filósofo Epicuro fue severamente confiscado; así las sociedades castrantes inventaron términos como diferenciación, excluyendo la posibilidad de la otredad y del reconocimiento de aquellos seres que dirigían sus deseos hacia espacios no establecidos por la moral en uso.

El erotismo e incluso el humor negro, que han transitado desde siempre por complejos y secretos senderos y cuya ceremonia íntima se ha mantenido oscilante entre Eros y Thanatos, fueron recibiendo en el escenario de su esencia multiforme, radicales definiciones que lindaban con el prohibido universo de la perversión.

Pero si nos pertenece el cuerpo como nuestros placeres, si la imaginación se funda en él para obtener su pasaporte al estallido; podríamos afirmar que el sombrío nudo de sus actos, es tal vez la fuerza secreta, predestinada desde nuestra química galáctica.

En los relatos míticos todo era permitido, los dioses y lo héroes realizaban sus sueños y asaltos sin restricciones, y en esa cruel fantasía se revelaba la fuerza sombría y originaria del ser. Resulta entonces sorprendente la antimemoria del hombre en el decurso de su historia, si leída desde el contexto testimonial de sus inicios, recordamos nuestra procedencia exacta de una Eva incestuosa.

Por eso el arte, con sus postulados de conciencia y denuncia, es el encargado, siempre, de abrir la puerta que nos mostró las búsquedas y vías de la pasión humana, que tan profundamente inquietan a la especie.

Las fiestas de la Fertilidad de la Tierra y las bacanales celebradas en homenaje a Baco, el Perfecto (según el verso de Witman), han desaparecido; sin embargo asistimos al culto del cuerpo, verdadero objeto de devoción que ha sido despojado de su trascendencia sagrada, ahora entronizado como dios moderno, y atado a los cánones de una moral victoriana aún imperante en el desolador inicio del Siglo XXI.

Así la sucesiva fascinación oculta de ese animal que somos, de ese ser que se esconde bajo los párpados, afirma también que todos, en el más indescifrable de nuestros pliegues, somos la confirmación exacta de Narciso, es decir: la certeza de nuestra propia e insalvable obsesión; porque el yo es insuperable.

El recorrido de esta antología, nos lleva por varios estadios de los temas proscritos, donde existen los más reconocidos matices de la perversión amalgamada con el erotismo.

Apuleyo en su Asno de oro, que podría ser un anticipo feliz de Kafka, si pensamos en su punto de vista narrativo, devela su resplandeciente humor zoofílico, tema igualmente latente en el cuento extraído de Las mil y una noches donde una princesa sexualizada por un mono crea una divertida situación inolvidable.

Con Sacher-Masoch y Sade asistimos a la violencia propuesta como un despiadado instinto territorial del placer, en un encarnizado juego del poder sexual; donde la sangre y el castigo reinan.

Bataille desde otra orilla, en la historia de sus jóvenes protagonistas, nos muestra la forma como éstos convierten el ajedrez del deseo en una escena surrealista, con imágenes provocadoras de un delicioso infantilismo.

A través de la pluma de Nabokov y caminando entre sus destellos de humor negro, sabemos lo que le puede pasar a un adulto cuando es pervertido por una niña libidinosa.

El Premio Nobel japonés Yasunari Kawabata crea una situación transgresora cuando el anciano de su historia condenado a acostarse con una joven narcotizada, intenta inútilmente rescatar el erotismo que ha huido con sus años.

Barbusse nos deja ver por un orificio el despertar del deseo entre una pareja de hermanos y dentro de ese mismo espacio incestuoso, el adolescente que protagoniza la historia de Mishima observa a su madre haciendo el amor con un marinero, como preámbulo de una venganza que será la recreación japonesa del mito de Edipo.

Para Genet el despiadado acto planteado por su personaje Querella, es la forma de expiar un crimen, llevándonos en su relato a una ejecución interior devastadora.

Anaïs Nin y Cydno de Mitilene –esta última de existencia casi ilusoria– ven el deseo con ojos femeninos y fundan dentro de sus literaturas crueles ceremonias.

Y como las artes plásticas también son festejadas en este libro, el magistral dibujo de Miguel Ángel titulado: El rapto de Ganímedes, plasma la violación del hermoso efebo a manos –mejor a garras– del dios Júpiter convertido en águila, mientras Balthus, uno de los artistas más controvertidos del siglo XX, recrea a una de sus niñas impúdicas en un cuadro lleno de simbolismos, junto a un gato que bebe leche.

Dioses y hombres en el concierto del mundo han desafiado los conductos de una razón establecida y testimoniando sus libertades individuales han sido exiliados y proscritos.

Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont, considerado por los surrealistas como el genio de la rebeldía, dentro de la más alta poesía maligna, lleva a su personaje central Maldodor, a hacer el amor con un tiburón hembra, en uno de los episodios más perversos y deslumbrantes de la literatura. Hay una variedad tal de frenesí en Lautréamont, una potencia tal de metamorfosis, que la ruptura de los instintos se encuentra, a nuestro parecer, realizada. (Bachelard).

Pero si el siglo XX trajo consigo la liberación femenina y se extendieron y multiplicaron los estudios de sexología y psicoanálisis en su analítico intento de descifrar esa summa de creencias, costumbres y valores que rigen los comportamientos de la criatura humana, es posible que el Siglo XXI sea regido por los postulados de Bruckner y Finkielkraut en El nuevo desorden amoroso, que proclaman: Unirse no debe conducir a otra cosa que unirse de nuevo y de mil maneras, con mil otros mundos.

Dicha idea conduciría a una nueva comprobación en el sentido de que esas verdades develadas, o transgresiones lúdicas, –el camino a las sensaciones del goce, a partir del cual surgen grandes interrogantes filosóficos y metafísicos que habitan en nuestra alquimia–, continúan y seguirán constituyendo uno de los grandes y complejos equipajes del hombre en su viaje terrenal.

Para recorrer estos Cuentos perversos, nada sería entonces más acertado que recordar aquel graffiti escrito en Nanterre durante los episodios de Mayo del 68: «Inventen nuevas perversiones, ¡yo ya no puedo más!... y evocar la cínica frase del filósofo rumano E. M. Cioran que colma de humor esta visión transgresora: Dichosos Onan, Sade, Masoch... sus nombres, lo mismo que sus proezas, no envejecerán jamás.


Rostros de mujer
Prólogo al libro Los Matices de Eva de Maribel García Morales (Colección los Conjurados, Bogotá, Mzo/2004)

Como un culto a antiguas leyendas, fabulaciones, mitologías y grandes literaturas universales, Maribel García Morales recrea en Los matices de Eva, aquellas imaginerías, que si bien ya existían con sus símbolos, sus límites y augures, cobran un nuevo halo en estas páginas bajo el aliento de una visión que se entreteje con lo cotidiano y lo fantástico, para franquearnos la puerta del estricto género de la minificción.

El puente que se cruza durante la lectura de sus relatos, está signado de imágenes poéticas que en ocasiones recuerdan a Borges y a Schwob, o nos instalan intempestivamente en los parajes de Ítaca o en el Huerto de los Olivos, para reiterarnos que el tiempo no es el aquí y el ahora, sino una sucesión de ciclos vitales que nos han enseñado lo que somos y que contienen en su corteza de siglos lo que hemos de ser, pues «cuando ya no se verifican los grandes acontecimientos que compendian el sentido interior de toda cultura, comienza el imperio del absurdo… Estos pueblos ya no tienen alma. No pueden, por lo tanto, tener historia…»; afirma magistralmente Oswald Spengler en la Decadencia de Occidente y quizás en esa continuidad y ruptura que ejerce Maribel García en sus Matices, se encuentre el mayor logro de este nuevo título de la sutil narradora.

Recorriendo su tejido de pasajes, surge bajo luces tenues, corrientes marinas, habitaciones de paso, jardines inmemoriales o simplemente en la sobrecogedora nostalgia del recuerdo: la mujer.

Ella ocupa en todos estos cuentos, el sitial de heroína de la historia que se teje y se desteje. Es la conductora de los hilos del sentir, pensar y obrar, bajo cuyo albedrío giran las más altas y bajas pasiones cósmicas y terrenales.

Así lo afirman los títulos que introducen a cada uno de los relatos: La mujer de pesadilla, por ejemplo, no es otra cosa que la versión femenina de Gregorio Samsa, en un sentido homenaje a la Metamorfosis y al terrible universo denunciado por el genial Franz Kafka. En La mujer de sal, nos encontramos con la re-creación poética del pasaje bíblico de Rut, la esposa de Lot, en su huída de Sodoma. El canto de la sirena arrullando las naves de Odiseo, y el escribano de aquellas memorias, se encuentran una vez más y de una bella forma mitificados en La mujer de escamas. Con su inesperado final, La mujer de carmín nos enfrenta a ese juego de espejos que retrata la frágil condición humana, mientras en La mujer de savia hallamos un espacio para lo fantástico mediante la siembra de una perturbadora creación humana.

Las imágenes continúan remitiéndonos aquí o allá a un autor, una historia, una parábola o simplemente un sitio, entre palabras que surgen cargadas de erotismo y misticismo (condiciones tan necesarias y urgentes en toda mujer).

Nada mejor entonces para saludar este libro, que acudir a un magistral cuento de Ray Bradbury y con él desearle a la autora, que en su transcurrir esta nueva obra sea protegida por: La dorada cometa, el plateado viento.



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