Biografía y contacto

Poeta, narradora y ensayista. Ha publicado los libros: Huracanes de sueños (Poesía), Ediciones La Catedral, Bogotá, 1983-1984. Gota ebria (Poesía), Ediciones Embalaje, Museo Rayo Roldanillo (Valle) 1987. Territorio de máscaras (Poesía), Hojas Sueltas. Bogotá, 1990. La casa leída (Antología de autores universales sobre el tema de la casa), Común Presencia Editores, Bogotá, 1996. Migración de la ceniza (Poesía), Cooperativa Editorial Magisterio, Bogotá, 1998. Omar Rayo, Geometría iluminada (Entrevista), coautora, Ediciones Embalaje, Roldanillo (Valle), 2001. Antología esencial (Poesía), Colección Los Conjurados, Bogotá, 2001. Memoria absuelta (Poesía), Colección Viernes de poesía, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2004.

Es Editora General de la Revista Literaria Común Presencia, galardonada por el Ministerio de la Cultura de Colombia, como la más importante publicación en su género en el país y codirectora de la colección Internacional de literatura Los Conjurados, en la que han aparecido 41 títulos en los géneros de Poesía (Juarroz, Adonis, Trakl, Ungaretti...); Cuento y Testimonio (donde son de gran importancia las versiones en español de los Discursos de los Premios Nobel de Literatura, compiladas en tres tomos). Varios de sus poemas han sido traducidos al inglés, árabe, francés, italiano, portugués, húngaro, alemán, rumano, ruso y sueco.

En la actualidad y desde 1989, está frente a la Presidencia de la Fundación Literaria Común Presencia, entidad dedicada a la investigación, recopilación y difusión cultural. Es cofundadora y asesora periodística del semanario virtual Con-Fabulación que cuenta con 70.000 suscriptores. Es cofundadora del Día Mundial de la Poesía (versión Colombia) instituido por la Unesco.

Obtuvo la primera Mención del concurso Plural de México (1989) y la beca nacional de poesía del Ministerio de Cultura (1994). Ha representado a Colombia en varios encuentros internacionales de literatura, entre los que destacan Argentina, Venezuela, Brasil, Perú, Ecuador, Puerto Rico, México y Estados Unidos.

Trabaja en la actualidad un libro de entrevistas a grandes creadores universales, realizadas durante la última década.

E-mail: amparoiosorio@yahoo.es




ANTOLOGÍAS

Sus trabajos han figurado en diversas compilaciones entre las cuales destacamos: Mundo mágico: Colombia, Ediciones Bagacao (Brasil),Tambor en la Sombra, Ediciones Verdehalago (México), realizada por Henry Luque Muñoz. Colombia-Poesía Contemporánea, Editorial Magisterio (Bogotá, Colombia). Nagyvilág, Világirodalmi Folyóirat, (Hungría). Antología Modelo 50, (Poetas colombianos nacidos en la década de los 50s), de Fernando Herrera, Universidad de Antioquia (Medellín, Colombia).



OTROS DATOS

Fue Directora de la Colección de Libros de Poesía La Voz Visible, fundada en Bogotá, Colombia en 1990.

Fue Coordinadora de la Bienal Internacional de Literatura Común Presencia efectuada en los años 1994 y 1996.

Fue Miembro fundador de la Unión Nacional de Escritores de Colombia. Durante 1988 y 1989, dirigió en la Radio Nacional de Bogotá el programa cultural Página Impar. Este espacio de emisión semanal marcó un importante derrotero dentro de la visión artística de los colombianos que durante ese período pudieron escuchar a diferentes actores del la vida intelectual del país, y compartir sus conocimientos y sus obras.

Fue participante en 1984 del Curso Literatura Latinoamericana – Críticos norteamericanos y de Colombia dictado por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, y en 1986 hizo parte de los talleres: Transformaciones del Lenguaje Poético, Universidad de los Andes, Facultad de Filosofía y Letras, con la colaboración de la Comisión Fulbright.

En 1992, fue invitada por la Universitá Degli Studi Di Firenze (Italia), Dipartamento Di Lingue e Letterature Neolatine, para dictar tres Cursos de Literatura Latinoamericana, luego de los cuales inició un recorrido por Europa Norte y Centro América y varios países del sur del continente, que le permitió conocer a grandes escritores y pensadores universales con los que inició contacto personal y que sirvieron de base para un libro de entrevistas que en la actualidad prepara y que contiene entre otras, las voces fundamentales de E. M. Cioran, José Saramago, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Juan García Ponce, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Fernando del Paso, Alfredo Silva Estrada, Olga Orozco, Antonio Ramos Rosa, Hans Magnus Enzensberger, Eugenio Montejo, Ernesto Sábato, Roger Munier, Roberto Juarroz, Salvador Elizondo, Jean Braudillard... y a los artistas plásticos: Roberto Matta, Oswaldo Guayasamín, Edgar Negret, Leonel Góngora, Ángel Loochkartt, Jacobo Borges, Omar Rayo, Fernando de Szyzlo, Armando Villegas y Jim Amaral...

Ha realizado diversas lecturas de poesía en Colombia y otros países, entre las cuales resaltamos los siguientes escenarios: Casa de Poesía Silva (Bogotá-Colombia); Universidad Externado de Colombia (Bogotá-Colombia)1981; Auditorio Cultural Universidad Javeriana (Bogotá-Colombia) 1979- 1983- 1998; Universidad Central (Bogotá-Colombia) 1981; Centro Colombo Americano (Bogotá-Colombia), 1981, 1984, 1986, 1997; Universidad de los Andes (Bogotá- Colombia) 1984; Primer Encuentro Nacional de Escritores de la Costa Norte (Santa Marta-Colombia) 1984; Auditorio Cultural Rafael Caneva (Ciénaga-Magdalena) 1984; Universidad Jorge Tadeo Lozano (Bogotá-Colombia) 1984; Universidad de la Salle (Bogotá, Colombia) 1985; Universidad de la Sabana (Bogotá-Colombia) 1986; Alianza Colombo-Francesa (Bogotá-Colombia) 1987; Centro Cultural Mariano Picón Salas (Mérida-Venezuela) 1990; Universidad de los Andes (Mérida-Venezuela) 1990; Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Caracas-Venezuela) 1990; Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela (Caracas-Venezuela) 1990; Universitá Degli Studi Di Firenze (Florencia-Italia) 1992; Casa de América Latina (París) 1992; Ayuntamiento de Carmona, (Sevilla-España) 1992; Centro Cultural del Banco de la República (Pasto- Colombia) 1992; Casa de la Cultura de Nariño (Pasto- Colombia) 1992; Centro de educación por el Arte Herbert Read (Quito-Ecuador) 1992; Casa de la Cultura (Quito-Ecuador) 1992; Tercera Bienal de Literatura Mariano Picón Salas (Mérida-Venezuela) 1995; Festival Internacional de Poesía Grupo Mandorla (México, D.F.) 1995; Primer Encuentro Internacional de literatura Colombiana en New York, organizado por Colcuc (New York- USA) 1995; Galería Andrómeda (Costa- Rica) 1995; Encuentro Internacional de poetas propiciado por University at Buffalo (Estados Unidos) 1996; Casa de Poesía Pérez Bonalde (Caracas-Venezuela) 1998; Auditorio Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Caracas-Venezuela) 1998; Uniac (La Habana-Cuba) 1998; XI Festival Internacional de Poesía de Medellín (Colombia) 2001; Encuentro de Mujeres poetas (Roldanillo, Valle) 1985, 1987, 2002; Programa Alzados en Almas convocado por la casa de Poesía Silva (Bogotá-Colombia) 2002; Programación Cultural Los papeles del mal muerto, Buenos Aires-Argentina (2003); Casa de la Cultura Evaristo Carriego (Buenos Aires- Argentina) 2003. Centro para las artes y las letras (Montevideo- Uruguay) 2003. Encuentro Internacional de Poetas del Mundo Latino (Morelia- México) 2004. Feria del Libro “La ciudad, un libro abierto” (México D.F.) 2004. Feria Internacional del Libro (San Juan- Puerto Rico) 2004. Homenaje colombo-ecuatoriano Universidad Técnica de Ambato. (Ambato- Ecuador) 2004. II Encuentro internacional de poetas (Santa Ana, Portoalegre, Manta, Chone y Bahía. Ecuador) 2004. Pontificia Universidad Católica de Lima (Lima- Perú) 2005. X Feria Internacional del Libro de Lima (Lima-Perú) 2005. LiterÁmerica, Feria Internacional de la cultura (Cuiabá-Brasil) 2006. Fiesta Literária Internacional de Porto Galinhas (Recife- Brasil) 2007. I Encuentro de Agentes Culturales Latinoamericanos (Fortaleza- Brasil) 2007. 5º. Festival Mundial de Poesía (Caracas, Barinas, Mérida – Venezuela) 2007. XXXVI Festival Internacional de la Cultura (Tunja-Colombia) 2008. I Bienal Internacional de Literatura (Brasilia-Brasil) 2008. I Bienal Internacional del Libro (Ceará-Brasil) 2008.

Ha visitado, en misión cultural de la revista literaria Común Presencia, los siguientes países: Estados Unidos, Venezuela, Italia, Francia, Bélgica, Holanda, España, México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Cuba, Ecuador, Argentina, Uruguay, Paraguay, Perú, Puerto Rico y Brasil.



RESEÑAS Y COMENTARIOS

Sobre su poesía han escrito autores como: Ludwig Zeller (Canadá); Laura Cerrato (Argentina); Ida Gramcko (Venezuela); Fernand Verhesen (Bélgica); Jorge Rodríguez Padrón (España); Jorge Nájar (Francia); Iván Oñate (Ecuador); Sthepen Marsh-Planchard (Venezuela); Renato Sandoval (Perú); Floriano Martins (Brasil) y Claude Michel Cluny (Francia).


Poemas de Memoria Absuelta (2004)


DERRUMBE

Se acumulan los días, los años
la erosión de la vida
nos echa encima su balandra y vamos
hacia el despeñadero.
Pasa la sombra... pasa y mira
y vuelve a acomodarse.
Una luz de farol bordea la penumbra.
Es la ciudad: me digo.
La sombra se adelanta
no quiere compartir mis pensamientos
pero lee la esquina, los escombros
los pasos solitarios y el eco de esos pasos
mucho antes que sorprendan a mi cuerpo.
El funerario pájaro del tiempo
aletea en el aire.
Las ruinas del amor se precipitan.
Quiero cerrar los ojos.
Quiero
que sólo el viento pase
y nos lea el poema de la errancia,
que nos diga al oído
sobre la honda pena que hoy irrumpe
en el alma del saxo.
que el viento,

sólo el viento...




RESURRECCIÓN

Caminaré de nuevo.
Levantaré las ruinas de mi casa
y las ruinas de mi corazón.
Me vestiré de alas y de soles
de presencias amadas.
Hallaré en otros labios
aguas para mi sed
y en otros ojos
prolongaré caminos.

Yo signada de viento
desafiando conjuros...

ceñiré nuevamente mi relámpago.




INVENTARIO

Nada fue tuyo.
Sólo imaginaste una casa y la luna.
El fuego vacilante de la llama.
La mensajera noche
alta en la soledad de tus estrellas

La sombra perfecta y fiel dictando
el paso de las constelaciones.
La música del agua...
Ahora lo sabes.
Palidecen las manos.
Miras el tiempo de tu cuerpo,
el tiempo de los ríos,
el tiempo de las ruinas.

Basta que quisieras dormir
sin pronunciar la última palabra.
Que sólo desearas
ya no mirar y desatar los brazos.

Sólo eso bastaría...
Pero no sabes cómo.



ESTACIÓN PROFÉTICA

Crepúsculos ajenos
destinos vanos
presentes irreales

¡Desperdicio!
Nada pueden mis ojos cambiar.
Ni las palabras dichas o calladas
ni el rostro de la muerte
inventariado en los pliegues de la sombra.

Olvidos. Cientos de olvidos
y húmedas crisálidas
–guardianas de las tumbas–
avanzan a pesar de mi sollozo.

Se cumplen los relojes
con su cuota de espanto.




Derechos reservados
© Amparo Osorio


Poemas de Antología Esencial (2001)


IGUAL MUERE LA HUELLA


El viento esculpe rostros
y tú que vigilas la hierba
desconoces ahora los indicios
de toda eternidad

Fuera de ti
no hay raíces posibles.

¿Cómo nombrarte
sin que crezca la muerte?




DESHABITADO AZUL

Se intenta una oración
se implora un cielo
se pretende
regresar al origen

¡Inútil sed!

Tal vez hablamos
las estrellas y yo
la misma sombra




DISPERSION DE CENIZA

Polvo que vuelve al polvo
con las manos abiertas.
Ya no cabe en el cielo
la soledad de párpados.

Muda y vacía
en ti yace la tierra.

Tierra de escombros
implacable ultraje

y el alto azul
lejano.




GENESIS

Cuando partir
conjugue
los nombres de la hiedra
y la sombra
así quebrada en dos
mitad ceniza
mitad milagro…

¿dónde Tú el imposible?




INTEMPERIE

Lluvia:
unge mi piel
lava mis ojos.

Se abre mi noche
para ti.

Mi enrancia.
Mi infinito extravío
me persigue.

¿Qué voces
de qué cielos
me traes?

¿Qué dios
llora
y no escucho?



Derechos reservados
© Amparo Osorio

Poemas de Migración de la ceniza (1998)


ÍNTIMO TRAZO


Como un exilio

en el lugar del nunca,

alguien desnudo habitará la estrella.

Acostará su sombra cada noche.

Cada noche en vigilia

indagará a la muerte

mientras dioses lejanos

trazan líneas de nuevo intraducibles.

Como este íntimo exilio,

aquí o allá

pulsaremos temerosos la hierba

y andará por la sangre

la tristeza

como una patria inencontrable.





AL OÍDO


Noche:

vigilia sin azul

Salvo la sombra

–fiel a tu soledad–

todo fue en vano!





CONJURO DEL ÁRBOL


Hay quien porta en la noche

Abismo o sombra

Hay quien grita

Miedo

O pájaro de la muerte

Mientras mi yo, mi inmerso

mira caer los rostros

en su pozo de escéptica desdicha

Más un día

de regreso al conjuro del árbol

velada oscuridad donde culmina

toda incertidumbre,

respiraré mi ya

mi instante

único resplandor inaprensible

de vuelta al polvo.







Poemas de Territorio de Máscaras (1990)


NEGRO SOBRE NEGRO


¡Sombra! y hundirme en ella

canjeando las playas por los náufragos!

¿Qué rostro en la avalancha

tatuó las raíces en la piedra?

Y tú, último Hombre

en qué planeta incinerado

enterrabas la luz de las antorchas?

¡Nadie! No pasa voz ni eco

Estoy insomne al borde del abismo.





LUNA PARA UN NAUFRAGIO


Desposaremos

Mi corazón y yo

Esta honda clepsidra.

¡Y ah de aquel que lo olvide!

No veremos pasar sus funerales.




ARTERIAS ADYACENTES


Creíamos en espacios de luz:

brillo mutante.

Pero el tiempo

nos enseñó los rostros de la sombra

¡Hermoso horror!

en donde a cada instante nos salvamos.



Derechos reservados
© Amparo Osorio



Poemas de Gota ebria (1987)


PERDIDA VOZ


Tambalearon mi estrella

y como un gran relámpago nocturno

fulguraron el aire

con mi sueño.





EN UN SITIO DEL TIEMPO


No me mata el olvido

con su forma de nave a la deriva

ni ese color brumoso de las alas

con que se viste la ausencia

Sé que hay un bumerang

viento que viene

viento que va y que nunca se detiene

oleaje interminable

Y volveré como los viejos pájaros

cuando ya nadie pueda

ni atraparme ni herirme

en pleno vuelo




CONFRONTACIÓN


Basta un segundo en la huída

cuando chocan los cuerpos

y se fuga la espera

para mirar el impensado

el indeseado

rostro verdadero


Derechos reservados
© Amparo Osorio




Entrevista a Juan García Ponce

El homo eroticus

Por Amparo Osorio y Gonzalo Márquez Cristo

El escritor mexicano Juan García Ponce (1932-2003) premio Juan Rulfo 2001, autor de: El canto de los grillos, La noche, e Imagen primera, Desconsideraciones, Cruce de caminos, Nueve pintores mexicanos, Figura de paja, La casa en la playa, La cabaña, La invitación, Unión, La presencia lejana, El nombre olvidado y Crónica de la intervención; concedió a los escritores colombianos directores de la revista Común Presencia, el conmovedor reportaje que a continuación reproducimos integralmente, por ser uno de los escasos testimonios periodísticos existentes con este genial narrador y ensayista latinoamericano.


Eran las tres de la tarde en Coyoacán, exactamente la hora de la cita acordada con varios días de antelación y ansiosos indagábamos en todas las esquinas por la calle Alberto Zamora, cuando finalmente, como es usual en esa desmesurada ciudad, una mujer que parecía escapada de un cuadro de Rivera improvisándose de guía decidió acompañarnos hasta la puerta con el número buscado. Nos preguntó la nacionalidad e inquirió por nuestro afán. Le explicamos que íbamos con retraso a un encuentro con el genial autor de la más extensa novela escrita en América Latina: Crónica de la intervención. Y ella enojada replicó: Es lamentable, a todos en este país les dio por escribir sobre política. Sonreímos porque siempre nos había fascinado que ese título de García Ponce correspondía a la más exquisita novela erótica escrita en nuestro continente.

En previas conversaciones telefónicas habíamos convenido con Meche, último ángel protector de Juan, la oscura forma en que se realizaría la entrevista. Nos preocupaba su precario estado de salud por todos anunciado e incluso la tarde anterior el gran escritor Salvador Elizondo había sugerido ciertas claves para que el encuentro fuera menos impresionante para nosotros y más enriquecedor.

Pronto estuvimos frente al número indicado cuyo timbre oprimimos repetidas veces sin obtener respuesta, y cuando pensábamos desistir apareció Meche vestida de blanco, y hablándonos casi en susurros nos invitó a seguir, señalándonos el lugar exacto donde debíamos sentarnos según la planeada puesta en escena de la entrevista. No comprendíamos aún el por qué de los extremos detalles previstos para el encuentro. Imperaba dentro de esta casa sombría una misteriosa ceremonia en la que pronto deberíamos participar.

La mujer se disculpó diciendo que nos abandonaría por algunos minutos. Nos sobresaltamos al escuchar sonidos metálicos extraños que venían desde el fondo de la casa mientras contemplábamos los innumerables e inquietantes cuadros que vestían las paredes. Junto a un retrato de Juan García Ponce, encontramos las propuestas pictóricas de los más importantes artistas mexicanos, que avalaban su pasión por las artes plásticas, y a cuya crítica siempre dedicó gran parte de su obra ensayística.

Un ruido seco atravesó el corredor y nos arrancó de la contemplación. Vimos a Juan García Ponce, con su invariable cara de niño, conducido en una silla de ruedas por Meche. Nos sonrió tristemente.

Levantándonos apresuradamente para saludarlo, extendimos nuestras manos que se quedaron suspendidas sin obtener respuesta. Meche se excusó en voz baja explicando que no podría saludarnos así, porque su inmovilidad era casi total. No sabíamos cómo volver a sentarnos.

En ese instante García Ponce pronunció sonidos para nosotros incomprensibles que nos recordaron los maravillosos encuentros con extraterrestres en los cuentos de Bradbury. Ante nuestro estupor ella anunció que serviría de intérprete, confesándonos que después de haber sido su esposa durante varios años había regresado para ser su enfermera y su escribana.

Nos contó también mientras abrazaba a Juan, la sorprendente fuerza creativa que lo animaba a diario a dictar en monosílabos su obra. Explicó que su enfermedad degenerativa había comenzado antes de los treinta años y que fue ganándolo paulatinamente: inició por sus piernas, luego afectó sus brazos, después paralizó sus manos, y ahora quitándole movilidad al rostro empezó a entorpecer su lengua.

Al observar nuestra perplejidad Juan pidió a Meche que nos ofreciera un vino y preguntó nuestros nombres. Inexplicablemente los dijimos partiendo las sílabas, sin comprender aún que en él habitaba la terrible paradoja de una mente vertiginosa y lúcida atrapada en un cuerpo casi petrificado.

Bebimos el vino con ansiedad y comprendiendo el extraordinario esfuerzo que debía realizar para hablar, nos excusamos por nuestra visita tratando de hallar un pretexto para huir.

De repente expresó su felicidad por nuestra visita y pidiéndole a Meche que le humedeciera los labios con vino manifestó su complacencia por nuestra nacionalidad. Ella empezó la ardua traducción de sus palabras.

—Tengo grandes amigos colombianos... Conozco ese maravilloso país. Recuerdo el día en que Mutis desolado me trajo una horrible noticia: Se nos murió Álvaro Cepeda..., dijo quebrando su voz. Yo sentí un dolor de poema español al pensar que El Nene no volvería a estar entre nosotros. Por mucho tiempo me pareció imposible que alguien tan vital hubiese sido cazado tan rapazmente por la muerte. Y miren, yo aquí todavía...

Meche acercándolo en su silla un poco más hacia nosotros, en un acto generoso que nos obligó a continuar, recordó cómo fue cambiando en García Ponce el proceso de su escritura desde que le advino la parálisis degenerativa. Luego explicó:

—Cuando escribió las dos mil páginas de Crónica de la intervención debió hacerlo con una sola mano que además empezaba a no responderle. Posteriormente se vio abocado a dictar sus escritos, y para corregirlos debía pasar las hojas ayudado por precisos soplos. Ahora que su voz comenzó a traicionarlo y se ha vuelto una sucesión de sonidos extraños, sólo yo lo entiendo. A veces imagino su soledad...

—En ocasiones me siento amurallado —dijo Juan, como entre una armadura—, y a pesar de tener en mis labios una palabra o una historia perturbadora me es imposible comunicarme. Pronto sólo me va a quedar el derecho de ver...

Meche intervino:

—Todas las mañanas debe hacer cuatro horas de difíciles ejercicios con el fin de que la inmovilidad no le gane por completo los músculos de su rostro y de su lengua, y él nunca desfallece.

Afectados la miramos como implorando su ayuda para rebasar ese momento angustioso, y ella entendiéndolo nos propuso comenzar nuestra conversación con el maestro, excusándose por la lentitud que tendrían las respuestas.

CP: En su obra el erotismo casi siempre es una consagración de la mirada, un reino del observador. ¿Será como lo postula Octavio Paz una Teología unitiva y estética del voyeur?

JGP: Pienso que el erotismo se apropia ante todo del sentido de la vista. Por medio de él logra fijar la imagen sensible adquiriendo su poder religioso, que luego se magnifica en el recuerdo. Supongo que Bataille creía lo mismo cuando en sus novelas era tan definitiva la contemplación. No me parece tampoco gratuito que haya titulado una de sus obras más escandalosas: Historia del ojo.

CP: Según Bataille: religión, arte y amor son los únicos puentes que conducen al erotismo, a esa posibilidad del Ser que nos ofrece la unidad. Pero esa Unidad que para él es la de la muerte ¿podría ser desde otra óptica la abolición del Yo, es decir el encuentro de la verdadera vida existente en esas tres fases extremas?

JGP: Ese extenso estudio sobre el erotismo de Bataille siempre me ha deslumbrado. Sin duda existe un vórtice en donde convergen las experiencias más profundas del hombre y es posible suponer que sea la muerte. Bataille analiza la semejanza de la experiencia mística, con la amorosa y con el éxtasis de la creación artística, y a la luz de su estudio es asombroso el parecido. Él imagina que las tres experiencias conducen a un estadio del espíritu definido como erotismo. Según esto el erotismo podría abolir nuestra soledad existencial, unificarnos, encontrarnos con nosotros mismos... En cuanto a la pregunta que me han hecho, creo que la abolición del Yo, posibilidad más oriental, sería en su extremo dialéctico otra forma de la unidad, es decir el encuentro del Yo en su más alta y peligrosa definición. El amante, el artista, el místico, anulan su Yo para convertirse en todos los hombres; o dándole la vuelta a la formulación, expresan su Yo a la más alta potencia para convertirse en nadie.

Luego de su extensa respuesta notamos que la respiración de García Ponce se hizo más entrecortada y Meche con preocupación sugirió que dejáramos un cuestionario para ser respondido por escrito antes de nuestro regreso a Colombia. Juan enfadado desaprobó su propuesta y nos instó a formular la siguiente pregunta.

CP: Si como se ha dicho la obra de Sade fue escrita contra el erotismo por ser tan reiterativa y sobre todo porque niega relaciones de seducción ¿cree que podría existir un erotismo sin seducción?

JGP: En Sade existe un método destructor que no admite concesiones, donde el poder es avasallante, y donde la víctima, por así decirlo, nunca puede liberarse... Sospecho que carece de ese juego, de esa tensión, de ese miedo a la pérdida que postula la seducción. Las imágenes son demasiado reiterativas, no hay nada escondido y la blasfemia irrumpe siempre como dicha por un niño perverso. Creo que el erotismo en su manifestación más sublime requiere de un enigma en constante confrontación.

CP: En El Nuevo desorden amoroso Bruckner y Finkielkraut intentan desorientar el centralismo freudiano del erotismo y toda la concepción fálica del psicoanálisis, diversificando los focos eróticos del cuerpo y dándole otro sentido a zonas que hacen posible una verdadera existencia sexual femenina, homosexual y quizás masculina, para así poder combatir el concepto de grado cero de la sexualidad femenina estipulado por Roland Barthes. ¿Ese cambio de relación, de des-objetivación erótica pondría en peligro al erotismo?

JGP: Es posible que estemos conquistando las estrellas pero aún ignoramos mucho sobre el cuerpo. Me parece pertinente la tentativa de que en él puedan desplazarse los centros sensibles y encontrar otras geografías de placer. En cuanto al grado cero barthiano de la sexualidad femenina supongo que podría tener una raigambre cultural, o que obedece a su visión parcial y personal de la sexualidad. ¿Grado cero...? No puedo entender estos profundos fenómenos con números.

CP: ¿Comparte con Jean Baudrillard la idea de que la seducción (esa profundidad de la superficie) es el poder que la llamada liberación femenina le ha ido restando a la mujer y que en otro tiempo consagró su matriarcado?

JGP: La seducción es un gigantesco poder que la mayoría de las veces le ha tocado ejercer a la mujer (no al hombre) para poder sobrevivir y alcanzar sus horizontes. El hombre ha ejercido poderes más claros y triviales. La seducción plantea un juego de inteligencias, de imágenes, de palabras, en donde es difícil salvarse. La liberación femenina que ha sido muy necesaria ha caído en una peligrosa trampa: explicar a la mujer, despojarla de ese enigma que le concedía la eficacia de su poder. En Crónica de la intervención, se plantea la posibilidad entre la pareja protagónica, de que la mujer sea sólo un objeto, pero con la alta implicación erótica de totalidad que eso puede tener para una persona que carece de prejuicios, y con el sentido de que es imposible saber dentro del mundo sutil de la sexualidad la frontera entre la víctima y el victimario.

CP: En Crónica de la intervención, de la inevitable relación erótica del alter-ego se va más allá y se postula un alter-corpus con sus protagonistas: Mariana y María Inés. Sin embargo el mito fatal del doble ya escrito por Allan Poe vuelve a cumplirse. ¿Ese doble o sus versiones posibilitadas por el amor estará siempre asediado por la muerte?

JGP: La identidad nunca soporta la negación que constituye la existencia del doble, y filosóficamente tiende a destruirlo. En William Wilson de Poe como en tantas historias de la literatura fantástica ese mito conduce eternamente a que el doble pierde inexorablemente a su espejo. Es el amor al Yo, el mito de Narciso, que siempre esconde su simplificación en la muerte.

CP: Son famosas sus traducciones de ese teólogo herético: Pierre Klossowski... En este gran escritor la posesión conduce inevitablemente a la ofrenda del objeto amado, dádiva que lo actualiza. ¿Existe una visión similar en Crónica de la Intervención?

JGP: Me impresiona que conozcan tanto ese libro casi desconocido en México por haber sido publicado por una editorial española. Ahora aparecerá una edición más próxima que entregará esta novela al público de mi país. Pienso que la postulación filosófica de mi amigo Pierre Klossowski de que sólo se puede ofrecer aquello poseído por completo es incuestionable, además de que en su trilogía Roberta esta Noche tiene implicaciones de un altísimo erotismo. En Crónica de la Intervención esta posibilidad se da en parte, pero quizás la propuesta es asistir a la magia de poseer dos universos idénticos, o todos los rostros de una misma persona. Aunque yo soy el menos indicado para hablar de aquello.

CP: Nunca nos resignaremos a que al final de Crónica... usted haya decidido matar a Mariana, esa fascinante mujer-animal... que nos acompañó y hechizó durante más de mil páginas.

JGP: Yo no la maté, la mató el ejército. Es frecuente que el poder ultime la obra del amor.

CP: ¿Sólo existe lo que perturbamos como decía Butor?

JGP: A él nunca lo he leído, pero creo que María Inés-Mariana debe haberlos perturbado bastante para que hayan venido desde Colombia a preguntarme por algo tan inútil como mis obsesiones. Sí, existe lo que perturbamos, y algo más, perturba lo que no existe.

Después de más de dos horas de combate con la puesta de su pensamiento en palabras lo advertimos muy fatigado. Juan García Ponce había desplegado su vertiginosa lucidez, su profunda condición humana, y él, el genial novelista, el reconocido ensayista, el agudo crítico de las artes plásticas, con esa fatal eterna juventud a la que lo había condenado paradójicamente la enfermedad, nos animó a que usáramos nuestra cámara de viajeros para conservar el testimonio de esa tarde en la que sólo hablamos de su tema favorito: el erotismo; pero no permitió que obturáramos hasta que Meche organizara un poco el escenario y acomodara sus cabellos. El escritor quiso que nos ubicáramos a su lado, y luego esforzándose en alzar la cabeza posó para las fotografías.

Lo abrazamos conmovidos y nos despedimos mientras él con insistencia nos hizo prometer que volveríamos.

Pero el único regreso seguro para un escritor Juan es en la palabra.


México D.F., octubre 19 de 1993

Derechos reservados
© Gonzalo Márquez Cristo y Amparo Osorio

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ENGLISH

Amparo Osorio. Born in Bogotá. Her books of poetry include: Huracanes de sueños (1983-1984), Gota ebria (Ediciones Embalaje, 1987), Territorio de máscaras (Hojas Sueltas, 1990), Migración de la ceniza (Editorial Magisterio, 1998) Antología esencial (Colección Los Conjurados, 2001), and Memoria absuelta (Universidad Nacional de Colombia, 2004). Her poetry has been translated into English, French, Italian, Portuguese, Hungarian and Russian. She is the editorial coordinator for the journal Común Presencia. She also authored the anthology La casa leída (Común Presencia Editores, 1996) and Geometría iluminada, a report with Omar Rayo (Ediciones Embalaje, 2001). Her book Territorio de máscaras received an Honorable Mention in Mexico’s Plural contest in 1989. She also received a Colcultura scholarship for literary creativity in 1994 for her book Migración de la ceniza.

Translated by Scott Bailey and Rebecca Morgan



THE FOOTPRINT ALSO DIES

The wind carves faces
and you watching the grass
are ignorant of the signs
of all eternity

Outside of you
No roots are possible

How can I name you
without death growing?



HIDDEN SIGNS

Places that man engenders as his
were never mine. Today I keep calling
and this strange voice
speaks of faces, rivers and paths.
—Always a return—
and rain is falling through my eyes.
The street never spoke of my presence
nor did the mornings remember my absence.
What is the name of the wind
that found me repeating another name?
What other thing would I have been
but this shadow
drunk
clumsy
wandering?
Time:
matter in which I travel—and I vanish—
You are darkening the night and the place of my shadow
is all that remains!


RAIN WEAVERS

Tiger life over our lives
with which net will I capture you?
I love you, hostile bird.
Andree Chedid


For years and years and years
it was hard to wake up on this earth
marked by fear
while the dead and the eagles curled up
under the moon.
It has always been difficult to learn
the torture
of not finding eyes in the eyes
and agreeing that the bread and the word
were a long chill.

For years and years
identity was un-drawing itself
among ancient voices.

Today everything in you charms us.
Even you, beautiful and darkest death.



UNDER THE ELEMENTS

Rain:
anoints my skin
washes my eyes.

My night opens itself
for you.

My roaming.
My infinite straying
pursues me.

What voices from what heavens
do you bring me?

What god
cries
that I don’t hear?



UNCERTAIN BREW

I hang out the dawn
and the hours don’t know it.
The boy who was my heart
lights other terrors.
Further away than lightening
Who spoke of calmness?

I hang out the dawn
The great unknown!

Perhaps time
will be my biggest shadow.
Maybe my eternally lost steps
will look for me in stray cities
and all over the earth
they’ll be afraid of finding me.

Maybe my eye and his astonishment
will sneak off.

The panic of finding each other
—because there’s no night for the blind star
nor a memory that helps
without being awake under the moon—

Fevered soul who then
saw the dignity of a dead person
passing with an ineffable face.

I hang out the dawn
and I mark myself with poppies.

As if I were a god
who in confusion
searches for his pain in me,
silence passes.

The slow rain falls.


Night and I
will have to get together
for the party of the eclipse.


Night and I
together in the broken mirror,
as if the same god
terrified
measured us in his nothingness.



FRANÇAIS

Bogotá. A Publié trois livres de poésie: Ouragans de rêves , La goutte ivre , Territorie de masques . Elle a également un livre en préparation : Migration de la cendre - poésie.

Traduction: Colombia Truque Vélez



DE LA MÊME FAÇON MEURT LA TRACE


Le vent sculpte des visages

et toi qui surveilles l’herbe

ignores aujourd’hui les traces

de toute éternité.

Hors toi

il n’y a pas de racines possibles.

¿Comment te nommer

sans voir grandir la mort ?




SOUS LE DERNIER QUARTIER DE LA LUNE


Voyageur vers le néant

le cœur engendre sa chute.

Tout mot est trace de sa peur.

Eclair

qui en vain dénonça nos tremblements

et gît enfin.

Peut-être la mémoire

cette sorcière de la nuit

nous protégera-t-elle.

Partir est le seul espoir.

Plus loin, plus près

-qu’importe!-

Personne n’a lu les cercles éphémères.

Le rêve multiplié :

Franchir la porte

La grande porte de pierre

Fondation de l’énigme

Et retourner au fond de la nuit.




RÊVERIE INTIME


La bouche mord la terre

elle cache la peur.

Le regard interroge

efface des croix

oublie des noms.

Arrive parfois jusqu’à nous

le fragment triste

d’un dieu pulvérisé

qui nous appelle

et qui a effacé la trace.

Tout est fatigue

rêverie

ebauches

d’une lune tardive.

Personne ne nous a dit, personne

que nous venions

à cette douleur

et nous y voilà.



SUECO

Föddes i Bogotá. Arbetar som journalist och ansvarig utgivare för en av de mest uppskattade litterära tidskrifterna i Colombia, Común Presencia. Hennes poetiska röst vittnar om ordets ensamma och svåra födelse.

Översättning av Maria Kallin


ÄNDÅ BLEKNAR SPÅREN

Vinden skulpterar ansikten
och du som vaktar gräset

känner inte längre igen

evighetens tecken.

Utanför dig
kan inga rötter finnas.


Vad kan jag kalla dig

utan att döden växer?



RUMANO

S-a nascut în Bogota (Columbia). A publicat, din 1985 începînd, în 1987, 1990, 1996, 1998 carti de poezie, iar din 2001 volumul Antología esencial , din care traducem. Multe din poemele sale au fost traduse în engleza, franceza, italiana, portugheza, ungara, germana si rusa. A obtinut prima Mentiune a concursului Plural din Mexic (1989) si bursa nationala de poezie a Ministerului Culturii (1994). Lucreaza la o carte de interviuri cu mari creatori universali, realizate în ultimul deceniu.

Traduceri de Al. HUSAR



MUZICA OBSCURA


Ecoul cînta glaciala sa stea

cînd chiar nimic

nici un crîmpei de vînt

nu întreaba despre mîini.

Dar iata aici

înaintea noptii mele

cenusa anticipa nasteri;

am vazut înca

în fermecatorul namol

amestecîndu-se în sînge

si coborînd pe coasta

un cîine trist

ai carui ochi cautara în ochii mei.

Ce a fost atunci?

O roza

presarata de zapada

si astrul mort al Copilariei!




RAVASIREA CENUSII


Praf ce se rastoarna în praf

cu mîinile deschise

Nu mai încape în cer

singuratatea pleoapelor.

Muta si goala

în tine zace tara.

Tara scrumbiilor

implacabil ultraj

si înaltul azur

departat.






PRABUSIRI



Si-mi creste linistea.

O aud trecînd desculta

prin toate stelele

– ochii celor absenti

care vor acum sa plînga cu mine.

Lunga noapte de exod:

cunosti tu, cunosti

ultima dorinta a celor morti?




EVOCARE


Timp fara timp:

Este în alb inima mea.

Într-o oglinda imobila

mîinile mele erau apa.

În memoria aerului

erau aripi picioarele mele.

O mîna ma sterge.

Alta deseneaza un ecou indescifrabil.

Unde

imaginea presimtita?

Violetele obscure?




INTEMPERIE


Ploaie:

unge pielea mea

spala ochii mei.

Se deschide noaptea mea

pentru tine.

Ratacirea mea.

Nesfîrsita mea dezorientare

ma urmareste.

Ce voci

din care ceruri

ma atrag?

Ce zeu

plînge

si nu ascult?



ARTERII ADIACENTE


Credeam în spatii de lumina:

stralucire schimbatoare.

Însa timpul

ne-a învatat fetele umbrei.

Frumoasa oroare!

în care în orice clipa ne salvam.



HÚNGARO

Kilt, Bogotában született. Muvei több kolumbiai és külföldi folyóiratban is megjelentek. Jelenleg a Común Presencia c. Irodalmi lap szerkesz töbizottságának tagja. Versét a Território de Máscaras (älarcok földje, Hojas Sueltas és Común Presencia kiadása, Bogotá, 1990) c. Kötetből választottuk, eredeti címe La ruta vertical.

fordításai: Szőnyi Ferenc



A FÜGGŐLEGES ÚT

De ha te elhagysz emlékezet

ki tölti meg az éjszakákat

s ki festi meg az esŐt

a csend hajszálpontos pillanatában?

Lesz legalább egy hajóm

amivel kitapinthatom álmatlan szárnyaim

forró agóniáját?

Vagy egyszerúen iráyt változtatok

mint a homokóra

föl-le

peregve

végeérhetetlenül

mindörökre?



PORTUGUÊS

AMPARO OSORIO. Bogotá, Colômbia. Publicou os livros de poesia: Huracanes de sueños (1983), Gota ebria (1987), Territorio de máscaras (1990), Migración de la ceniza (1998), Antología esencial (2001), e Memoria absuelta (2004). É editora da revista Común Presencia e coordenadora editorial da coleção internacional de literatura Los Conjurados. Vários de seus poemas têm sido traduzidos para o inglês, francês, italiano, português, húngaro, alemão, russo, sueco e romeno. Obteve a primeira menção do concurso Plural, do México (1989) e a bolsa nacional de poesia do Ministério da Cultura (1994). Tem representado a Colômbia em vários encontros internacionais de literatura, entre os quais destaca Argentina, Venezuela, Brasil, Peru, Equador, Porto Rico e México. Trabalha atualmente na preparação de um livro de entrevistas a grandes criadores universais, realizadas durante a última década.

Poemas traduzidos por Floriano Martins



INVENTÁRIO

Nada foi teu.
Apenas imaginaste uma casa e a lua.
O fogo vacilante da chama.
A mensageira noite
alta na solidão de tuas estrelas.

A sombra perfeita e fiel ditando
o passo das constelações.
A música da água…
Agora já sabes.

Tuas mãos empalidecem.
Vês o tempo de teu corpo,
o tempo dos rios,
o tempo das ruínas.

Bastaria que quisesses dormir
sem pronunciar a última palavra.
Que desejasses somente
não mais olhar e desatar os braços.

Bastaria apenas isto…
Porém não sabes como.


EM SEGREDO

Por quem canta o obscuro caracol
e seu pó de séculos
por que persiste ainda?

Partimos tantas vezes
sob o breve tremor das estrelas
que fugir uma vez mais
é apenas mais caminho.

Não se parte.
Nunca se parte
sempre se regressa.


À DERIVA

Houve um instante de pavor
em que o tempo do nunca se deteve
e o jamais devolveu suas mãozinhas
ao relógio de água
dos olhos.

Antes ia o amor
alto, subindo,
porém entraram velozes
as mentirosas águias rapinantes…

e então:
o esquecimento.


ESTAÇÃO PROFÉTICA

Crepúsculos alheios
destinos vãos
presentes irreais

Desperdício!

Meus olhos nada podem mudar.
Nem as palavras ditas ou caladas
nem o rosto da morte
inventariado nas dobras da sombra.

Esquecimentos. Centenas de esquecimentos
e úmidas crisálidas
– guardiãs das tumbas –
avançam apesar de meu soluço.

Os relógios cumprem
com sua cota de espanto.


PRECIPÍCIO

Acumulam-se os dias, os anos
a erosão da vida
nos lança sua embarcação e vamos
até o despenhadeiro.
Passa a sombra… Passa e vê
e torna a acomodar-se.
Uma luz de farol beira a penumbra.
É a cidade: digo-me.
A sombra se adianta
não quer partilhar meus pensamentos
porém lê a esquina, os escombros
os passos solitários e o eco desses passos
muito antes que surpreendam meu corpo.
O pássaro funerário do tempo
esvoaça no ar.
As ruínas do amor se precipitam.
Quero fechar os olhos.

Quero
que somente o vento passe
e nos leia o poema da errância,
que nos diga ao ouvido
sobre o profundo lamento que hoje irrompe
na alma do sax.

Que o vento,
somente o vento…


اللغة العربية



*أمبارو أوسوريو Amparo Osorio: شاعرة كولومبية، من أعمالها: (براكين أحلام) 1983، (قطرة نشوانة) 1987، (أرض أقنعة) 1990، (هجرة الرماد) 1998، (مختارات أساسية) 2001 و(ذاكرة مُطْلقة) 2004. وهي شريكة في تأسيس وتحرير مجلة (كومون بريسينثيا) الثقافية وسلسلة إصدارات الأدب العالمي (لوس كونخورادوس). تُرجمت قصائدها إلى العديد من اللغات.
**د.محسن الرملي Dr. Muhsin Al-Ramli: كاتب وأكاديمي عراقي يقيم في إسبانيا. malramli@hotmail.com

قصائد للشاعرة الكولومبية
19/12/2006

أمبارو أوسوريو


ربما.. يموت الأثر
تنحت الريح ملامح
وأنت يا مَن تراقب العشب
تجهل الآن علامات
كل خلود.
خارجك..
ليس ثمة جذور ممكنة.
فكيف أسميك
دون أن ينمو الموت؟
***


ربما.. كل شيء مكتوب
لم يأتِ شيء يبحث عني
أقيم في الزمن بلا حِراك.
حلمتُ بالنور
بينما ذهبتُ في مَتاع ظَليل
ربما أن كل شيء مكتوب
وأني سأعاود الخطأ
عند محاولتي لفك الرموز.
***


الطريق العمودي
وإذا ذهبتِ أيتها الذاكرة
فمن ذا الذي سيملأ الليالي
ويصبغ المطر
في اللحظة المناسبة من السكون؟
هل سأملك مركبة
كي أجس النبض الحارق لاحتضار
أجنحتي الأرِقة؟
أو على الأقل.. أُغيّر اتجاهي
مثل ساعة رمل
فوق ـ تحت
مُتقطّرة
مُستمرة
أبديّة!.
***


سقوط متواصل
بقي لنا كل شيء.
ما هو مميت.
الذي يتملص.
بقي لنا
ما هو ضائع في الهواء
.. الذي يَمُر
ولا يقتني ملامحنا.
***


يوم أنقاض
تمر أيام متعرجة
وأنت أيتها الذاكرة
ـ الزمن الفَخ ـ
تتجهين نحو السأم.
لو أن ثمة نجمة وحسب
لو أن ثمة رعشة في الأفق
باتجاه المستقبل..
لو أني أُصَدِّق مرة أخرى
للعبتُ
بكل الأمل.
آه.. أيها العصفور:
إن الطيران لمستحيل
في هذه الساعة


Derechos reservados
© Amparo Osorio

Comentarios sobre su obra

Amparo Osorio por Maldonado

La aprehensión del instante
Por Fernand Verhesen

(Bruselas, Bélgica, Septiembre 14 de 2001)

Los poemas de Antología Esencial de Amparo Osorio, son de una indiscutible riqueza, por no ser transitorios y por sedimentar sin jamás inmovilizarse en nuestro pensamiento y en nuestro corazón. Esto es evidente, porque la profundidad de la emoción los nutre.

El poema reloj de arena (homenaje a Juarroz) se sitúa con otro lenguaje, en la misma estela esencialmente móvil.

La autora en este libro intenta el fondo de su devenir, persiguiendo una fuerza detonante capaz de aprehender el instante de surgimiento de la palabra que se ha extraviado por ser sabida, la captura de su primera eclosión, de su nacimiento primordial. La poeta se aventura a percibir el origen que nos queda, que nos define, en una exploración que busca develar todo su misterio.

Y ese manojo de versos de su Antología esencial pareciera decirnos que la poesía es ella misma más allá, la palabra en las fronteras, de un tiempo sin tiempo, que no avanza sin provocar la angustia al escuchar su eco indescifrable.

Una obra perturbadora que entra en resonancia con aquello que nosotros tenemos, los unos y los otros, por esencial.


La verdad de lo sensible
Por Claude Michel Cluny

(París, agosto 3 de 2005)

Yo amo la concisión de Amparo Osorio, esas palabras que entran en la verdad sensible como una navaja en una fruta. La precisión, que tantas veces cae en el ámbito de la pobreza, es un arte difícil, y exige la mirada justa para saltar al vacío. Para seguir la línea de sombra del tiempo y “ser raíz indescifrable” hasta desandar nuestras huellas sobre la página de nieve... Y aceptar que la mano tiembla un poco; así siento esta voz, así escribe ella, bajo la égida de Pavese, por ejemplo.



Una voz nueva y mayor en la poesía en lengua castellana
Por Jorge Nájar

(París, Dic. 8 /04)

Leo Antología esencial frente a un mar sereno y apacible, lo justo y necesario para atreverse con esa inmersión en los fantasmas de la noche que nos propone este sólido conjunto de la obra de Amparo Osorio.

La aventura aquí comienza hablándonos del viento que esculpe rostros mientras un “tú” (¿el tú psicoanalítico, esa máscaras del “yo”? ¿o el “tú” vocativo? – sea ese uno de los deslindes en esta lectura) vigila la hierba y ahí desconoce los indicios de “toda eternidad”. “Fuera de ti no hay raíces posibles” sostiene la voz antes de formular la interrogante con el que no sólo se cierra el poema liminar (“¿Cómo nombrarte sin que crezca la muerte?”) sino que se convertirá en el hilo conductor de este derrotero en el que, como chispas surgidas de la fragua de la existencia, brotan retazos de la infancia, reflexiones sobre el origen, anhelos de identificarse con el tiempo –en su transitoriedad-, reencuentros con los seres amados en espacios signados por el miedo, recuerdos de dioses pulverizados. Y todo eso dicho con un tono dolido pero sin quejas, con amargura pero sin lamentos.

Vuelto a leer este libro, me dije que no estaba ante un discurso exclusivamente literario, sino oyendo la voz de un ser confrontado con los avatares del mundo. Una voz cimera, poesía, la única susceptible de acercarse y penetrar en el lado oscuro de la existencia, para sorprendernos e incluso estremecernos con sus hallazgos.

Si bien en cada uno de sus objetos musicales hay momentos de intensidad sin límites y de hundimientos sin regreso, vibraciones de una verdad que se va precisando en su conjunto, es memorable la melodía fúnebre que late en la integridad de “Si pudiera en oscuro prolongarme”.

Hay también desolación cuando conseguimos visualizar el cuerpo de la voz en la intemperie hablando con la lluvia sobre un dios que llora. Y hay sucesivos momentos de espanto en este viaje incierto hacia las comarcas del enigma. Este oratorio fúnebre se cierra con una vigorosa “Migración de la ceniza” en el que asistimos a la evolución de dos amantes que han vivido todas las edades en un universo poblado de miedos.

Que duda cabe, estamos ante un planteamiento esencial de la problemática del ser y su relación con el amor y la muerte. “Alguien está llamando/ y arroja/ desde el fulgor del tiempo/ en verdor al abismo”. Afirma, grave, en temple mayor, en su última estrofa.

No nos hagamos los sordos, estamos ante una voz nueva y mayor de la poesía en lengua castellana.


Temblor primigenio
Por Iván Oñate

No quiero repetir la postergación de hablar sobre lo que me suscita este libro de Amparo Osorio, a quien debo mi feliz admiración por haber encontrado su poesía. Una emoción igual, sólo la sentí cuando descubrí la poesía de Olga Orozco.

La obra de Amparo produce esa visión diferente, nueva, pero a la vez ancestral como una huella que perdura en nuestra sangre desde lo más remoto de los tiempos. Eso que citaba Deleuze y no recuerdo si era de Kafka: una poesía que parece la traducción de una lengua extranjera. A lo cual agregaría: extranjera porque viene del futuro, de ese futuro que sólo podemos comprender a condición de no haber perdido la memoria de ese primer temblor primigenio, de ese relámpago que nos convirtió en hombre y mujer, allá en las cavernas ontológicas, en los umbrales de nuestro ser.

Ese temblor del Ser, justamente, un instante antes de ser, y ese temblor ante el “implacable ultraje”, es lo que percibo en todos y cada uno de los versos de esta impecable poeta.


Revelación poética
Por Renato Sandoval Bacigalupo

(Palabras de presentación de Antología esencial en la Feria Internacional del libro de Lima (Perú) Julio 25/2005)

Leyendo a Amparo Osorio encuentro que la suya es una poesía llena de presagios, ansias, preguntas e incertidumbre, pero también de urgida y digna contención, lo que la hace aún más densa y compleja no obstante su aparente sencillez.

Su escritura tiene las maneras de cierta poesía francesa actual, por ejemplo la que alude a Yves Bonnefoy o, mejor aun, su admirado René Char.

En ese sentido, de la poesía de Amparo se podría decir lo mismo que Maurice Blanchot señaló en cierta ocasión sobre la obra de Char: “Se trata de una ‘revelación poética’. Su mundo es el mundo de la tierra, los árboles, los arroyos, los animales y la naturaleza, el incesante movimiento de aquello que, entre la creación y la muerte, es también una metáfora de los ideales del poeta para expresar el futuro y aceptar la inminencia de la muerte. Su estilo es un claro reflejo de su ambición por el uso de formas breves, un rico lirismo que transmite las severas lecciones del moralista sobre los objetivos del ser humano”.

Poemas breves pero incandescentes, los de Amparo; de una flamígera carga existencial que rehuye la descripción objetiva u objetivizante del entorno.

Como acabo de decir, a su escritura le ronda la sombra acosadora de la muerte, omnipresente; busca sin embargo un respiro para la angustia y la desesperanza.

Escuchémosla esta noche, mientras en su voz discurren “Dispersión de ceniza”,“Tejedoras de lluvia” y otros tantos de sus profundos poemas contenidos en esta Antología esencial.


Apasionada intensidad
Por Jorge Rodríguez Padrón

(Prólogo a la Primera edición de Antología esencial, 2001. Madrid, julio 21/01)

En este riguroso libro existe, especialmente la verdad del drama de escribir planteado como una atrevida y compleja elementatidad; porque si bien un hallazgo, una sorpresa, genera el poema como voz del deseo, el ejercicio de la escritura acaba con el convencimiento de su fugacidad, de que lo apresado siempre se transforma, se escapa tan pronto logramos asirlo: al perder mi huella, pacté la oscuridad.

Con toda la fe en que esa perplejidad es expresada en su poesía, la condición efímera es paradójicamente la plenitud, aquello que permanece: el sabor agridulce/ de haber ido en la noche/ a la comarca del enigma.

El instante se petrifica y se renueva, la apasionada intensidad de los poemas, ofrece una imagen de ilusión y reconocimiento, como polos de una tensión eficaz, fructífera, y reveladora. La escritura ha sido ardua pero no inútil, ¡ahora tenemos una nueva pregunta!



Territorio de Máscaras: La permanencia de la fuga
Por José Chalarca

(Bogota, junio 15 de 1990)

Amparo Osorio acusa un grado de madurez en su decir, tiene una honda serenidad para esparcir el tinte triste de desesperanza que pinta en sus cuadros del amor, de las cosas, de los seres que surgen en sus veros:

“Ya no me queda luz/ Me acostumbré tan solo a ser la sombra/ o aquel pájaro ciego./ Subsiste sin embargo/ la costumbre de ser/. La permanencia de la fuga”

En este poema titulado “Claroscuro”, alienta esa terrible angustia de ser. El claroscuro es la presencia-ausencia de la luz, es la luz en el momento de irse y dejar el espacio bajo en imperio de la sombra. Nos hace sentir, casi nos restriega en el rostro esa noción carrasposa de que existimos por inercia; de que estamos ahí solo para fungir como testigos del paso del ser, que solo es el permanecer el ser pasado, y que la existencia es un tema fugado que interpreta una orquesta cósmica dirigida por un músico loco.


Escenografía de máscaras, teatro de memorias
Por Mónica del Pilar Uribe Marín

(Revista Prisma Tercera época II trimestre de 1990 -Arte y Cultura)

Territorio de máscaras en una ventana sensual pero a la vez estela colmada de nervaduras filosóficas. La poética de este libro de Amparo Osorio, es majestad vertical ante los avances de nuestra gran herida. En todos sus poemas existe una suerte de ética del dolor, una consumación y un despilfarro de la esperanza, cierta y, sobre todo, un redoblar las fuerzas para engañar a la borrasca, oponiéndole la anunciación más restellante: la empresa colosal de re-fundar la memoria, ya no como una inútil cosecha de nostalgias, sino como aquel fuego insumiso que agrieta los resquicios, y es soberano atacante tanto de nuestra orfandad esencial, como de aquellas apariencias fomentadas por el hombre, desde que perdió todo contacto con su verdadera huella. En cada página, en cada línea, acecha un misterio deleitoso, una trasgresión de alto cuidado, que nos lleva a comprobar que guarda, como en sordina, una hermosa colección de ecos, de figuras apenas registradas, de rostros y siluetas recortadas, de voces y desplazamientos leves, de contactos, de roces que no logran consumarse: escenografía de sueño, escenografía de máscaras, teatro de memorias.


Urdimbre que transmuta
Por Cristo García Tapia

(El Universal, Cartagena, enero 26 de 1991)

Amparo Osorio es una poeta con voz propia en el escaso panorama de la poesía femenina en Colombia.

Sin los aspavientos y ruidos que suelen hacer no pocas de sus congéneres que invocan a la poesía para posar en la crónica social, la voz de Amparo asume con frontal y determinante entereza su vocación y condición de poeta.

Para ascender y descender tras el destello que le significa el misterioso vuelo de la palabra, ella convoca la constelación y la alquimia de ese Yo eterno que se llama palabra, urdimbre que transmuta en esencial razón de ser de todo cuanto la circunda y la signa: “reí la luna de los otros/ y mis pálidas aguas se perdían/ en tantas máscaras / que me quedé sin rostro/ Ahora sigo llamando/ reconóceme/ enrarecido aire/.

Sus señales ocultas, su íntimo ir y venir por la secreta magia de las palabras, su intenso lirismo, testimonian la búsqueda incesante de esa voz propia que, ineludiblemente debe identificar al poeta: ¿Que otra cosa habré sido/ sino esta sombra/ ebria/ torpe/ trashumante?/ Tiempo:/ materia en que me voy y desvanezco/ vas tiznando la noche/ y sólo queda/ el sitio de mi sombra/.

Sin que las sombras, la muerte, la noche, la oscuridad, símbolos y signos recurrentes y omnipresentes en su discurso poética, desdigan de la luminosa intensidad vital que emana de aquél, hay que asumir que en su obra prevalece lo que ella misma llama: la oscuridad de la rosa: Quién iniciará la fiesta esta noche/ y pondrá en fuga/ la indefinible luz?/ Hoy todo en ti nos enamora/ hasta tú/ bella y oscurísima muerte/.

La poeta asume la ciudad, escasamente presente en nuestra poesía contemporánea y otorga al poema una consistencia terrenal y humana, pues su ciudad es una ciudad que aprisiona y tortura, que duele y lacera inmisericordemente: Como un enjambre de ángeles caídos/ bajan los arreboles de la tarde/ y en el cuenco de la ciudad/ comienza la extraña gravitación/ de un humo melancólico/ Qué extraña conjunción de vida y muerte te atraviesan/ ciudad, la más cara/ Perdido paraíso?

Territorio de máscaras, su último libro, es un buceo por la palabra, río de todos los tiempos y es una constante metamorfosis sobre la máscara mutante que es la vida.

Amparo nos cautiva con este nuevo libro, y nos aproxima a su vedado territorio. Voz de magia y encantamiento que trasciende y de la que está hecha y sentida su poesía.


Ensayo: Cartas del Verano de 1926

Por Amparo Osorio

Extraño destino el de las cartas! Traduciendo el espacio que habitan, extraemos de ellas una conciliación de lo imaginario o real que oscilaba en la esencia del remitente, y que fisuró el espacio del destinatario, para involucrarnos (intrusos accidentales) por un vértice luminoso que permite iniciar la búsqueda de unidad entre sus protagonistas.

En su epicentro, como en un poema que el remitente iniciase consigo mismo, quedan las fracturas de su espíritu al desnudo, impregnando de luz o sombra las atmósferas. Lectores ya atrapados, observadores agudos de la magnificencia epistolaria, iniciamos nuestra errancia por las fronteras de lo visible e invisible y orillando la luz, ahondamos en la certidumbre y emoción (aunque la emoción subsista sola), para iniciar a la vez nuestra correspondencia mental, inacabable e inacabada, por la inmensidad de sus navegantes.

Cartas del Verano de 1926, es la nave de nuestra travesía. Sus tripulantes, tres voces omnipresentes: Rainer Maria Rilke, Marina Tsvietáieva, y Boris Pasternak, con cuya bitácora penetramos a la comunicación plena de sus desvelos, que en adelante serán los nuestros, por una húmeda hechura que conducirá tan sólo a profundos y desgarradores interrogantes. ¡Sólo el silencio contiene todas las respuestas! Más es posible también, que a lo largo de esta lectura y mientras ocultos con su sombra van surgiendo los fragmentos de un destino que rehusó a ser instante corpóreo y de un presente (el de ellos) que se transformó y aplazó en los segmentos de la invisibilidad, nos situemos en el oscuro círculo de una evanescencia incesante, por la que asumiremos el hundimiento.

Asistimos entonces al itinerario de mundos interiores y de acontecimientos simbólicos, donde se puede medir la lejanía íntima de cada uno de los protagonistas desplegándose en la espiritualidad de sus cauces. En su palabra de soledad monologamos todos los sueños oscuros para tropezar con el sentimiento amargo que dejan las presencias no consumadas. Héroes espirituales, Rilke, Pasternak y Tsvietáieva, errantes pasajeros de un verano que les estalló en las manos, desequilibran la ilusión, para mostrarnos una vez más y de manera definitiva, una de las máscaras del desamparo (el rostro del amor imposible), al que sólo pudieron acceder sublimándolo con la palabra desnuda de sus cartas. Tres amores disgregados por otros amores y otros desencuentros. Tres sueños en busca de su alma encarnada y una extraña ilegibilidad en el centro de esta correspondencia: la fascinación del desarraigo sustituyendo la pa­sión silenciosa. En la medida en que se alejan de lo posible (el límite del encuentro) —y en ello Marina Tsvietáieva es quizá la portadora más intuitiva de la imposibilidad— se ocultan y refugian en la esencia de sus mundos. Tsvietáieva encarna el de los sueños: «Si alguien nos soñara juntos, nos encon­traríamos. ¡Vive en mis sueños!» dice a Rilke en una de sus cartas fechadas el 1o de enero de 1927. Pasternak se revierte en la defensa de la subjetividad inmortal abstraída del hombre, conside­rando «al alma el eterno círculo de acción y el contenido fundamental del arte». Este eslabón espiritual, atemporal y metafísico, es para Rilke una de las más amplias concepciones de su universo poético y el hallazgo de caminos que se tocan con su voz iluminada, fundando el espacio por el que con ellos nos comprometemos en soledad extrema y en inagotable mirada.

Las circunstancias de esta correspondencia, datan del 8 de diciembre de 1925, cuando Leonid Psipovich Pasternak, padre de Boris, pintor de óleos y ala postre artífice en la construcción del Museo de Bellas Artes en Moscú (hoy Museo Pushkin), envía a su antiguo conocido Rainer Maria Rilke, una carta de felicitación. (Leonid y Rilke se habían conocido en el segundo y último viaje del poeta a Rusia en 1900).

Esta cálida y larga remembranza de una amistad interrumpida 25 años atrás, con-tiene entre otros, datos de conocidos comunes, y el testimonio fiel de la infinita admiración de su hijo Boris Pasternak («joven poeta que ya está siendo reconocido y valorado en Rusia»).

La respuesta de Rilke a tan devoto admirador, se produce el 14 de marzo de 1926 desde un sanatorio de Val-Mont sur Territet en Suiza. En ella confiesa su absoluta soledad, el deterioro de sus fuerzas vitales por las permanentes caídas de ánimo, la errancia de todos esos años desde su salida de Rusia, y en la postdata refiere «haber leído en el número de invierno de la revista parisiense Commerce, editada por el «gran poeta Paul Valéry algunos poemas muy expresivos de Boris Pasternak, traducidos al francés por Heléne Izvols­kaia».

La noticia de que Rilke estaba vivo (se había rumorado sobre su muerte), sorprendió a Boris Pasternak cuando atravesaba profundos períodos de ansia y depresión, y en momentos en que leía el Poema del Fin de su entrañable amiga Marina Tsvietáieva, con quien había iniciado su correspondencia en 1921.

El 12 de abril de 1926, Boris se decide a enviar su primera y embriagante misiva a Rilke. En ella intenta liberar la desesperanza que lo invade y la feliz reconcilia­ción con el mundo (momentánea), por haber recibido noticias suyas:

«Grandioso y adorado poeta: No sé dónde terminaría esta carta, ni de qué modo se diferenciaría de la vida, si liberase yo todos los sentimientos de amor, admiración y agradecimiento que siento por usted desde hace ya dos décadas. A usted debo los rasgos fundamentales de mi carácter, toda la estructura de mi existencia espiritual. Todo es creación suya...»

Trasluciendo a Rilke su primera imagen interior, Pasternak da rienda suelta a la emoción contenida en el espacio de sus sueños, cuya única y profunda aspiración desemboca en las estancias de la poesía.

...»Esta, su carta, fué la segunda conmoción del día. Se trata de Marina Tsvietáieva, poeta innata, de gran talento por su estructura espiritual semejante a Desbordes-Valmore. Vive emigrada en París. Yo quisiera —por el amor de Dios, discúlpeme la audacia y la evidente molestia—, yo quisiera... me permitiría desearle que pueda vivir algo semejante a la alegría que, gracias a usted, se ha volcado en mí. Me imagino qué significaría para ella un libro con su dedicatoria, quizás las Elegías de Duino, que yo conozco únicamente de oídas. ¡Por favor, dicúlpeme!, pero en la luz refractada de esta profunda y profética coincidencia, en la ceguera de mi alegre estado de ánimo, quisiera imaginarme que la refracción es una verdad, que mi súplica puede ser escuchada y que no carece de sentido...»

Inaugurado el puente a través de estas alas invisibles, el 3 de mayo de 1926, recibe Marina Tsvietáieva la primera carta de Rainer Maria Rilke y un ejemplar de las Elegías de Duino, con la siguiente dedicatoria:

«Nos tocamos. ¿Con qué? Con aletazos; / hasta con lejanías nos rozamos./ Vive solo el poeta, y quien lo lleva/ se encuentra a veces con quien lo llevaba.»

En el cruce de estos signos en viaje, se funde el primer relámpago con su secuela de hechizos, por el que en adelante, confundidas en una comunión secreta, peregri­narán sus búsquedas simbólicas. Esta carta, llegada a ella como un intercam­bio de espacios comunes en la más elevada espiritualidad de la concepción de sus mundos, desata en Marina Tsvietáieva todas las fuentes amorosas hacia Rilke, hasta entonces ocultas. La profundidad de este sentimiento, se manifiesta de manera resuelta en la descarnada y fascinante desnudez de su respuesta fechada el 9 de mayo de 1926, a través de los siguientes fragmentos:

«Rainer Maria Rilke: ¿Puedo llamarlo así? Pues usted, poesía encarnada, debe saber que su nombre mismo es ya poesía. Rainer Maria, resonancia eclesiástica, infantil, caballeresca. Su nombre no rima con la actualidad: viene del pasado o del futuro; de lejos. Su nombre quería que usted lo eligiese. (somos nosotros quienes elegimos nuestros nombres, y todo lo que acontece después es sólo la consecuencia de tal elección). Su bautizo fue el prólogo a usted todo, y el sacerdote que lo bautizó no sabía en realidad lo que estaba creando. Usted no es el poeta que más amo («más» implica ya una comparación). Usted es un fenómeno de la naturaleza que no puede ser mío, que no se ama, se comprende, o (no es todo aún): usted es el quinto elemento encarnado: la poesía misma; o (no es todo aún): usted es aquello de donde nace la poesía y que es más que la poesía misma (que usted). No hablo del hombre-Rilke (el hombre es aquello a lo que estamos condenados), sino del Rilke-espíritu, que es aún más que el poeta y al que yo llamo Rilke, el Rilke del futuro. Usted debe mirarse con mis ojos: abra-zar su grandeza con la grandeza de mis ojos cuando lo miro: su grandeza en toda su lejanía y vastedad... ¿Qué le queda por hacer a un poeta después de usted? Se puede superar al maestro (Goethe, por ejemplo), pero superarlo a usted significa (significaría) superar la poesía. El poeta es aquel que supera (debe superar) la vida. Usted es una tarea insuperable para los poetas futuros. El poeta que venga después de usted, deberá ser usted mismo, es decir usted deberá nacer de nuevo.»

Tsvietáieva, refiere algunos datos biográficos, los indispensables, y de repente sumida ya en el encantamiento del vínculo, continúa:

«...Espero sus libros como una tormenta que, quiéralo yo o no lo quiera, se desencadenará. Exactamente como una operación de corazón (¡no es metaforal!) cada poesía (tuya) se hunde en el corazón y lo corta a su manera –lo quiera yo o no lo quiera, pero..¡cómo no quererlo! ¿Sabes por qué te digo Tú, y por qué te amo y...y...y..? porque tú eres fuerza, lo más excepcional. Puedes no dar respuesta, yo sé lo que es el tiempo y sé lo que es la poesía. Sé, también, lo que es una carta. Sí. ¿Qué quiero de ti, Rainer? Nada. Todo. El permiso para elevar la mirada hacia ti cada instante de mi vida, como hacia la montaña que me protege (¡como si fueses un pétreo ángel de la guarda!). Mientras no te conocía podía hacerlo así, pero ahora necesito de tu consentimiento. Ya que mi alma es bien educada. Pero voy a escribirte, quiera o no. Te escribiré sobre tu Rusia (el ciclo «Los zares», etc.) Sobre muchas cosas. Tu letra en ruso. Emoción. Yo, que como un indio (¿o hindú?) nunca lloro, yo casi... Leí tu carta a la orilla del océano, el océano la leyó conmigo, la leímos juntos. ¿No te molesta que él la haya leído? No habrá más lectores, soy demasiado celosa (celosa contigo). Aquí tienes mis libros –puedes no leerlos, ponlos en tu escritorio y créeme: antes de mi existencia no existían (en el mundo, por supuesto, no en el escritorio). Tu carta a Boris saldrá hoy mismo, registrada y confiada a la voluntad de los dio­ses. Rusia continúa siendo para mí algo así como el mundo del más allá».

El tríptico a partir de este intercambio de substancias, proseguirá su luminosa y perturbadora expansión, por la que marcharemos sin rumbo ni límite a la recuperación de las heridas, porque Cartas del Verano de 1926, no sólo es el tiempo de los protagonistas y el hallazgo de sus reflexiones más íntimas. Es el tiempo apasiona-do con su secuela de errores. Es el exilio y sus fisuras más complejas. Es el destino –con su opuesto el azar– franqueando las distancias de los interlocutores. (Marina Tsvietáieva y Rainer Ma­ria Rilke, planean un en­cuentro que siempre se aplaza. En carta del 22 de agosto ella promete al poeta reunirse definitivamente con él en noviembre, cita que una vez más se posterga. Con fecha 31 de diciembre de 1926, recibe Pasternak unas desoladoras líneas de su amiga:

«Boris: Murió Rainer Maria Rilke. Ignoro la fecha. — Hará tres días—. Llegaron a invitarme a la cena de año nuevo y me dieron la noticia. Su última carta para mí (6 de septiembre) termina con un lamento: «¿En primavera? Está demasiado lejos. ¡Más pronto! ¡Más pronto Marina!»(Hablábamos de nuestro encuentro). El ya no dio respuesta a mi carta. Después, ya desde Bellevue, mi carta de una sola línea: (Rainer, ¿dónde estás? Rainer, ¿me amas todavía?). Nos vere­mos algún día Boris? ¡Por el nuevo siglo de Rainer!»).

Cayendo a un vacío que se transformará en luz mayor, la lectura de estos documentos nos fisura también cuan-do rastreamos a fondo el cruce de cartas entre Pasternak y Tsvietáieva. Literarias, espirituales, amorosas y amistosas correspondencias por las que gravitaron sus sueños, estas pocas que hacen parte de Cartas del Verano de 1926, nos decantan los contornos secretos de su sublimación conmovedora y su desposesión final.

«Tranquilízate mi bien amada, te amo con locura y ayer, después de haber escrito esta carta, caí enfermo, pero hoy la repito... No me escribas, te lo suplico, no esperes cartas mías. Trata de com­prender también por qué no he dicho ni una palabra acerca de los versos «sobre nosotros dos»... Saldré adelante con todo. Termino la carta llorando. Te abrazo. Siempre tuyo. Boris».

El resto de esta correspondencia sostenida entre ellos por más de 14 años antes de su encuentro en París (1935), se conserva inédito a solicitud de Marina Tsvietáieva, y no podrá ser publicado según sus deseos, sino hasta comienzos del siglo venidero.

Hemos franqueado la puerta y ya no hay retorno posible. En la penumbra buscamos el cenit para tocar de sesgo a los fantasmas, y silenciamos, aún al corazón, esperando que llegue la levedad de sus ecos. El más desgarrador, acaso sea la carta póstuma de Marina Tsvietáieva a Rai­ner Maria Rilke:

«¿E1 año termina con tu muerte? ¿Es el final? ¡Es el principio! Tú eres para ti mismo —el año más nuevo (Amado, lo sé, sé que me lees antes de que escriba)— Rainer, estoy llorando. Tú te derramas por mis ojos. Querido, si tú has muerto, significa que no existe ninguna muerte (¡o ninguna vida!) ¿Qué más? Un pueblecito en Saboya. ¿Cuando? ¿Dónde? Rainer, y nuestro nido para el sueño? Tu ahora sabes ruso y sabes que Nest (nido) es gnezdó y sabes muchas otras cosas también... No quiero releer tus cartas, pues querré ir a alcanzarte, allá y no puedo querer; tú sabes bien lo que está unido a este «querer». Rainer, te siento constante-mente detrás de mi hombro derecho. ¿Alguna vez pensaste en mí? —Sí, sí, sí. Mañana es el año nuevo Rainer, 1927. El siete es tu número preferido ¿Significa que naciste en 1875 (el pe­riódico)? ¿51 años? ¡Cuán infeliz soy! Pero no debo afligirme. Hoy, a las doce de la noche brindaré contigo (Tú sabes cómo, golpearé tu copa en absoluto silencio). Amado: haz que te sueñe con frecuencia—no, no me he expresado bien: vive en mi sueño. Ahora tú tienes dere­cho a desear, a hacer. Tú y yo no creímos jamás en un encuentro aquí en la tierra, como no creímos jamás en la vida de este mundo ¿no es cierto? Tú te has adelantado (¡y ha sido mejor!) y, para recibirme bien, has reservado no una habitación, ni una casa, sino un paisaje entero. ¿Te beso en los labios? ¿En las sienes? ¿En la frente? Naturalmente —en los labios, verdaderamente —como a un ser vivo. Amado: ámame más intensamente y de diferente manera que los demás. No te enojes conmigo, aún debes acostumbrarte a mí, a cómo soy. Qué otra cosa. No,

tú no estás aún en lo alto ni en la lejanía; estás aquí, junto a mí, tu frente está sobre mi hombro. Tú nunca estarás lejos: Nunca estarás inalcanzablemente alto. Tú eres mi querido joven adulto. Rainer, ¡escríbeme! (¿una súplica demasiado estúpida?) Te deseo un feliz año nuevo y un bello paisaje celestial. Rainer: Aún estás en la tierra: No ha pasado un día entero todavía.»

En adelante cruzaremos instancias, y en este territorio de lo indefinido naufragaremos por el desarraigo. Asumido el trance entre imaginación y memoria, la significación de estos enri­quecedores silencios oscilará como un péndulo, y por el, entre un desvelarse y un revelarse, ahondaremos hacia la mayor desnudez posible.

Quedan cristales inmóviles a cuyo resplandor aún no podemos asomarnos, porque solo tenemos de ellos la intuición que fluye en las inmediaciones del asombro. Gravitaremos entonces una vez más por el hilo inquietante que teje pasado y advenir, en tanto evocamos las conmovedoras palabras testamentarias de Marina Tsvietáieva, antes de su suicidio el 21 de agosto de 1941, y por las que ha sido posible esta publicación:

«Dentro de cincuenta años, cuando todo haya pasado, pasado del todo, cuando los cuerpos hayan quedado reducidos a polvo y la tinta haya palidecido, cuando el destinatario haya partido en busca del remitente, entonces...»


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Crónica: Que la tierra te sea leve


Por Amparo Osorio

Al pasear por sarcófagos, sepulturas, sepulcros, tumbas, mausoleos, lápidas, panteones o criptas... nombres que al pronunciarlos en cualquier idioma traen un viento frío y parecen inventados por la terrible imaginación de Edgar Allan Poe o por H.P. Lovecraft, es posible encontrar sentencias consagratorias, alegóricas o irónicas, esculpidas para resumir los pasos del difunto.

Esta voz de piedra de la muerte que existe en las más diversas culturas es conocida como Epitafio, del latín tardío Epitaphium (que se hace sobre una tumba), y es tan antigua que no se tiene una cronológica adopción de su uso, presumiéndose que fue asimilada por la mayor parte de los pueblos del mundo como último eslabón con sus seres desaparecidos.

Y así como los dioses también mueren y de algunos se conservan sus tumbas, en la del dios Osiris, ubicada en Sais en el Bajo Egipto, existen signos del período ptolomeico, que a manera de epitafio cuentan la vida del imponente personaje mítico: Esta es la forma de aquel que no puede ser nombrado, Osiris el de los Misterios, que brota de las aguas que retornan.

La Antigua Grecia y la reciente Italia, a pesar de la costumbre de incinerar a sus muertos, son culturas en las que el epitafio es imprescindible, extendiéndose a galerías, claustros, obeliscos y medallones que no necesariamente contienen las cenizas del viajero.

Más allá del monumento tangible es posible que un día leamos sobre una ola el ruego del poeta inglés John Keats, cuyo último deseo fue: Pido que mi Epitafio sea escrito sobre el agua.

Los romanos que incluían casi siempre una deprecación en favor del muerto comenzaban: Sit tibi terra levis (Que la tierra te sea leve) o Siste, viator (Deténte, caminante) que fue durante siglos una de las inscripciones más usadas, debido a que los entierros se efectuaban en la orilla de los caminos. Seguida de esta frase, se procedía a la exaltación del fallecido.

Los primitivos cristianos no ajenos a esa suerte de inmortalidad que se atribuye a las palabras, colocaban como epitafio leyendas alusivas a su fe.

El cuerpo de Dionisos (o Baco el Perfecto), enterrado en Delfos junto a la estatua de Apolo, contenía sobre la tumba la inscripción: Aquí yace muerto Dionisos, hijo de Semele, comprobación de que el epitafio no sólo era propio de hombres sino que frecuentaba las esferas inmortales.

En Esparta se concedía el honor del epitafio sólo a los guerreros que morían luchando por la patria. Sobre la tumba de Leonidas, caído en la batalla de las Termópilas, reza la siguiente leyenda: Pasajero, ve y di a Esparta que sus hijos han muerto por obedecer sus leyes.

Recaen sin embargo dentro de los epitafios toda suerte de adjetivos, desde íntimos, amorosos, despreciativos, poéticos, altruistas, metafóricos, etc., pero quizá uno de los más evocados que no hace parte de la exaltación del difunto, es el escrito sobre la tumba de Richelieu: Aquí yace el Cardenal Richelieu que hizo mucho bien y poco mal, pero el mucho bien lo hizo mal y el poco mal lo hizo bien...

La Enciclopedia Británica para ejemplificar lo que era un epitafio epigramático y satírico, refiere estas líneas sobre el rey Carlos II: Él nunca dijo una cosa tonta, pero tampoco dijo una cosa sabia.

Como culto al amor podríamos citar el que reposa sobre la tumba de Antínoo, amante favorito del emperador romano Adriano, en cuya lápida los embalsamadores egipcios esculpieron: Obedeció a la orden del cielo; o aquel perteneciente al inmortal verso de Quevedo que a lo largo del mundo ha sido adoptado para innumerables tumbas: Polvo serás, más polvo enamorado.

El epitafio de William Shakespeare surgido de su propia pluma, contiene una advertencia: Bendito sea el que respete estas piedras y maldito el que mueva mis huesos. Hubiera sido sin embargo más preciso al autor retomar las últimas palabras del príncipe Hamlet en su agonía: Lo demás es silencio

De una admirable elementalidad podemos decir que es la inscripción sobre la lápida del genio alemán Goethe: era un hombre.

El escritor francés Stendhal autor de Rojo y Negro aseguró su memoria en la piedra con las siguientes palabras: Vio, escribió, amó.

Ejercitado también por los sajones, nórdicos y escandinavos, se han encontrado diseminados por el mundo innumerables epitafios tallados por los vikingos en sus piedras rúnicas.

Extrañamente tomado de la Völsunga Saga (Cantos de la Edda Mayor) que relata los rasgos de las culturas germánicas medievales, María Kodama decidió para la tumba del oracular Borges que reposa en el Cimetière des Rois en Ginebra, la casta frase: Empuña su espada y la pone entre sus desnudeces.

Sobre la lápida de Copérnico encontramos una de las más poéticas y escalofriantes inscripciones: Sta, Sol, ne moveare (Deténte, Sol, no te muevas) y sobre la de Alejandro Magno impresa por sus contemporáneos: Esta tumba debe bastar a aquel a quien no podía bastar el mundo.

Recorriendo el Cementerio de Rarogne Churchyard, de Canton Valais en Suiza hallamos la más romántica de las tumbas para uno de los mayores poetas alemanes. En la piedra esculpida bajo la que reposan los restos de Rainer Maria Rilke se lee: Sublevación o pura contradicción/ amaría ser el sueño de nadie/ bajo tantos párpados cerrados.

En el cementerio de Swan Point en Rhode Island cualquier visitante puede leer con perplejidad la inscripción funesta escrita por uno de los mayores maestros del terror: H.P. Lovecraft, verdadero deleite para los seguidores de Los Mitos de Cthulhu: no muere lo que puede eternamente descansar aunque muera mi muerte.

No menos impactante podríamos decir que es el epitafio que acompaña al francés André Breton, el Papa del Surrealismo (1896-1966), cuyos despojos reposan en el cementerio de Batignolles en París: Yo busqué el oro del tiempo.

El pintor y fotógrafo surrealista Man Ray fue definido con la siguiente inscripción sobre el mármol: Despreocupado pero no indiferente.

William Butler Yeats, premio Nobel de Literatura, versificó su propio epitafio al escribir: mira fríamente en vida a la muerte, mientras pasa su jinete...

Bajo una luna blanca al lado de la tumba de su última esposa (Carol Dunlop) en el Cementerio de Montparnasse en París, los restos del escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984) permanecen acompañados de leyendas, piedritas para jugar a la Rayuela, dibujos infantiles y flores que los lúdicos adoradores depositan, al lado de una temblorosa frase seguramente escrita por alguno de sus lectores latinoamericanos para señalarnos lo que hubiera sido su mejor epitafio: Aquí yace el cronopio mayor.

En el Lincoln Cemetery en Kansas City, el caminante puede observar el simbolismo impreso sobre la lápida del jazzista Charlie Parker que a manera de epitafio imaginario representa un pájaro sobrevolando un saxofón, con la única y modesta inscripción: Bird

Por su parte Juan Rulfo el incomparable narrador mexicano que escribió una de las más totalizantes novelas sobre la muerte titulada Pedro Páramo, definida por algunos críticos como un epitafio de 120 páginas, donde los muertos más antiguos hablan con voz más queda y más lejana que los recientes, termina con la asombrosa frase: y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.

El escritor norteamericano Edgar Lee Masters (1869-1950) en Los Poemas de Spoonriver, recrea la historia de los moradores de un pueblo, sus costumbres, sus amores y sus oficios a través de epitafios escritos en primera persona, culto que no le impidió crear su propio recuerdo pétreo: yo soy un soñador de la muerte bendita. Caminemos y escuchemos la alondra.

Malcolm Lowry, el novelista inglés, eterno ebrio, autor de la magistral novela Bajo el volcán, dejó escrito en verso igualmente su epitafio: Difunto del Bowery/ su prosa era florida/ a veces brillante/ vivió de noche y bebió de día/ y murió tocando el ukelele.

También el gran ensayista y poeta mexicano Octavio Paz imaginó en uno de sus primeros libros su bello epitafio: Quiso cantar, cantar/ para olvidar/ su vida verdadera de mentiras/ y recordar/ su mentirosa vida de verdades.

Otros sin embargo, desposeídos de la tragedia de la muerte, continúan recibiendo la celebración póstuma a su vida. Así, sobre la tumba de la superestrella del rock Jim Douglas Morrison, (1943-1971) ubicada en Le Père Lachaise en París, se congregan frecuentemente fanáticos de todas las latitudes, para entonarle sus propias canciones y beber en su memoria, mientras escriben infinidad de grafittis como el siguiente: Eres la reencarnación de un gato, palabras que son sustituidos velozmente junto a su lapidaria sentencia: cancelo mi pasaporte a la resurrección.

Y después de esta suma de frases del adiós, no es necesario agregar que el epitafio, la voz de la piedra, la tentativa de inmortalizar un gesto, un oficio, un amor, una victoria, una religión o una utopía, es una constelación que nos evoca, un signo que fija el rostro, el sueño inmóvil de alguien que un día fue de carne y hueso, y que hoy apenas habita en el viento.




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Jorge Nájar, la ruta del abismo

Bajo un lenguaje despojado de artilugios y contenido de la sostenida pasión de la verdad, penetramos en esta luz con los primeros versos con los que Jorge Nájar nos invita a su inquietante recorrido.
El inminente encuentro con sus paisajes interiores se convierte de inmediato en evocación e invocación de un canto que nos ubica en las desgarradoras estaciones del exilio, quizá ya no como añoranza geográfica definida, sino como exilio donde el poema gravita y nos instala en las entrañas de la palabra, para encontrar la veta del origen.
Desde el inicio de Canto ciego, vemos cómo emerge el poeta tropezando con su primera ansiedad de infinito. Apátrida desde el génesis mismo, se reconfirma ser humano perdido y divagante, entre: «la noche en la que combaten Caín y Abel /las dos caras del mismo canto que ahora entonas» y con esta desolada certeza su búsqueda se instaura en una apocalíptica travesía, con la que recorreremos el universo de sus sueños. «Adónde he de mirar, miope, de pie, /frente a la ventana del tren de la costa /lanzado hacia el extremo de la existencia, /sin regreso, sin brújula ni zapatos. /Adónde sino al artillero de la muerte/ que cruza el horizonte traicionero /en sentido contrario a mi destino».
Bajo la premisa de una incesante desolación que sólo pretende el hallazgo del espíritu, y aunque se haga esquiva la materia del camino, la voz va tejiendo esos Linderos que hacen posible el itinerario en su contenido de los contrarios y que permiten quizá (aunque el poeta lo descarte) las brújulas necesarias para un viaje que precede de ancestrales caminos y se dirige al cósmico estallido de la esencia. Así, con una imagen que pareciera arrancada de las páginas shakesperianas, continuamos este profundo acercamiento a su canto interior: «Quemado por esa sed te has ido /saltando barreras. Y allí, detrás de la cerca encontraste /la calavera de un zorro, el único /compañero de viaje en la oscuridad».
El anterior poema, tejido casi en los inicios del libro nos induce de inmediato a pensar que ya la naturaleza de su búsqueda no apunta a los confines de un sueño intacto ni de un paisaje definido. Desarraigado de sí mismo y mediante una ascesis que se asume como un deseo de infinitud a través de la prestidigitación en la que sólo queda flotando la médula del poema, se vislumbra ese tono de inquietante pluralidad, luz-sombra con el que Nájar se proyecta difuminadamente en su Hipogeo sagrado o galería subterránea, para que encontremos tanto lo enigmático orientalista como lo místico occidental, bajo formas que prevalecen desde el desarraigo hasta el despojamiento, mediante un extravío que pareciera fundirse en este intervalo búdico, donde el poeta se da la fascinante licencia de no pertenecer ya a «movimiento o raíz definida» para producir la temeraria pero consagratoria sentencia del poema.
No hay mediador, porque el interlocutor ha efectuado su dolorosa metamorfosis y en el lugar de las presencias, o su vacío, prevalecen como ejes centrales las compensadoras alas del misterio.
Vamos por una ruta larga entre imágenes que inauguran el decantamiento de una unidad inagotable, y que serán en adelante el faro para nuestro transcurrir por una palabra que nos arrastra con su extraña fuerza a la lectura también de sus Arcanos mayores, en los que surge como primigenio eslabón la voz de la tierra, tierra y voz como destino y errancia, en un tono de alegoría bíblica.
El poeta explosiona sus silencios, sus abandonos y sus búsquedas, catarsis para que de los poemas surja la evocación del canto de las sirenas de Ulises que permitieron al extraviado el hallazgo de las aguas del regreso, así como un retorno por las vertientes de la memoria a esa antigua ruta de la seda en los inhóspitos caminos de Marco Polo, gestando la utopía de las alianzas.
¿Regreso? Sí, pero ¿hacia dónde? Quizá –y conocedor de las grandes simbologías del enigma–, «hacia ninguna parte» porque en el equilibrio que «supone el olvido», sólo el devenir será posible pero dignificando los recuerdos o patentándolos de alguna manera con la evocación, como lo sugiriera en alguno de sus magistrales versos Giusseppi Ungaretti: «De otros diluvios/ una paloma escucho» y aquí escuchamos a Jorge Nájar, al hacedor de palabras, al poeta con sus recuerdos: ellas y él «Extraviados en el azul púrpura del cielo» induciéndonos ahora supraterrenalmente al encuentro de la epifanía, esa necesaria certeza que solamente fulge en las cenizas y que de una u otra forma nos alcanza con su sentida Canción del sepulturero: «Los cuerpos de nuestros padres /envueltos en sedería antigua /arrancados son de sus tumbas».
Su extravío, que también se hace nuestro, continúa. Nacemos a la pérdida en pos de un destino que nos oculta sus esquivas brújulas «Oye: ese fuego umbrío es ya una manera de vivir, /un silencio de estrella extraviada en la noche» y ya lejos de las palabras, incluso impotentes ante ellas, el mensaje se enciende como una antorcha nocturna, descubriéndonos la deriva del alma en esa patria extraviada de los sueños
Hemos asumido un destino, un pasado que ya es presente y que se convierte en linaje metafísico. Pero en los orificios de la memoria, en los ya sinsentidos de este universo re-creado por las búsquedas, continúan retumbando las migraciones de aquello innombrable con el verbo pero que prevalece gracias a la sensación de las atmósferas palpitantes en ese «Allí donde brota la luz». Todo se ha perdido o quizá no existió nunca, y visto el mundo a través de estas perturbadoras revelaciones, poeta y poema se «inmolan para testimoniarlo» con la pasión que encierra su perpetua Sombra rojiza: «Atrás quedan /la sombra rojiza del granado, el aroma /del espliego, la infancia de los pozos, /el fulgor de los afilados corazones. /Y la delicia de los cuerpos en la azotea /mientras avanzas hacia tu inmolación, /cuerpo enamorado de imposibles».
Sin esperanza sí, pero con la vaga alegría de un eje que lo redima, este Cuerpo enamorado de imposibles con su «redentora simbología», representa al compañero definitivo para recorrer el camino y a lo largo del libro se constituye en el templo donde «convergen todas nuestras raíces», según la vieja sabiduría china. Cuerpo que a pesar de la creciente soledad, de las quimeras o de los indisolubles abandonos, se manifiesta como la esfera de la erótica del libro, mostrándonos también al ser que se debate entre el reverso de sus miedos y la finitud de sus certezas, bajo imágenes que una y otra vez recuerdan los vestigios de nuestra frágil condición humana.
Perdido, hundido, reencontrado y vuelto a perder, de nuevo surge el interrogante, ese oscuro signo que nunca devela las respuestas, pero que contiene entre sus pliegues el posterior decantamiento que ratifica el hallazgo: «Toda tu heredad: el amor, el odio /a la sombra del mismo fuego».
Seguimos por este canto como por un río de aguas subterráneas y a partir de la segunda mitad del libro, la voz del poeta parpadea en otras latitudes, en otras profundidades ya no ecuatoriales ni distantes. Así, su grito que atravesó las dársenas y sobrevoló por ciudades de niebla, por paisajes ardientes, y por mascarones de proa que significaron su travesía entre difusas y lejanas aguas, y que complementaron el bagaje de sus anteriores libros, encuentra en esta nueva publicación el talismán que constituye un desafiante clamor metafísico: «Al otro lado del mundo, /donde abro camino en el silencio, /nunca aurora alguna fue tan hermosa /como aquella entre el hielo y el fuego».
El enigma de algunos de estos nuevos poemas, nos ubica en teoremas sunyatas, que simbolizan dentro de los caminos del budismo signos o revelaciones impensables por no estar definidos dentro de un sentido occidental. «Así vives, herido de espanto. Así, entre sudores, en pos de una presa».
Este viaje, que pareciera una Ruta del abismo está próximo a su final ¿Comienzo? Conocimos el caos, las fronteras del olvido, la añoranza de las montañas extraviadas, el rumor de las aguas oscuras, los rompeolas del silencio, los talismanes escondidos en los esplendores de la sangre, la misteriosa transparencia de los dioses antiguos, las palabras que sobreviven al bullicio del mundo y las corazas del guerrero. En el oráculo escuchamos el clamor del poeta, su mudo grito irreductible, lleno de ecos y de analogías que entre combinaciones lingüísticas trenzan una saudade inagotable, y que misteriosamente nos acercan a aquello que Gastón Bachelard llamaría la nostalgia de la nostalgia.
Hemos comprendido una vez más que todo camino lleva hacia lo inevitable. Pero allí, casi en su borde, al punto ya de la desaparición, depuestas las lágrimas y los orgullos, abandonado todo intento de búsqueda, encontramos de nuevo su oracular testamento, fe de hombre en su plegaria de infinito, clamor del hombre sobre la tierra: rostro de la «Poesía» siempre abierta, contenida y dispuesta, como un resurgimiento del Ave Fénix. «Me llevo el aire, el horizonte, el azul, /Ilusión, mecha que se apaga y nos alumbra. /Atrás dejo el peso de mis sueños, /la ceniza de mis zapatos...»
Como un asceta que quizá se ha despojado de todo, dejando atrás las caravanas, las rocas, la montaña con su fuego sagrado, los vastos trenes de las ciudades emergentes, encontramos a ese Monje que ha abandonando incluso una civilización que le es hostil y de cuyo contenido sólo es posible salvar un espíritu ahora dispuesto a un nuevo brote de luz: «al borde de los precipicios donde espero /la noche que tarda, el día que tarda, /la revelación de otra vida /que también tarda».
Y cerramos este libro de múltiples lecturas, nuevo alumbramiento con el que Jorge Nájar nos regala su palabra mayor, palabra de Poeta, que nos recuerda una vez más que sólo somos un definitivo silencio ante el rotundo temblor de las estrellas.

Notas culturales - Amparo Osorio

El reino errante
Reseña sobre el libro de Jorge García Usta (Aparecida en Revista Prisma Tercera época No. 38, Bogotá, II trimestre de 1991)

Imaginación y memoria trazan el sendero por donde Jorge García Usta, re-crea la migración del mundo árabe en su libro El reino errante, territorio impregnado de tiempo y sueños con su legendario tejido de voces que justifican la melancolía y desbordan en luz y afecto las lunas milenarias de viejos hacedores: Muchas veces pactamos el amor,/ pero nadie vio/ que traíamos el corazón/ apretado por un ruego indecible,/ el rostro ardiendo/ por la eminencia de la derrota,/ nadie en los abismos de los forasteros/que olían las orquídeas/como niños íntimos./ La ceremonia del exilio se vuelve entonces permanente navegación, y entre admoniciones, noticias, cábalas, declaraciones de amor u monólogos, El reino errante se convierte en eco ancestral que no precisa geografías. En él vivenciamos la huella lacerante convocada por el silencio de aquellos que nunca parten. –Mi abuelo vino desde Damasco entretejiendo brumas- (podría leerse imaginariamente en alguno de sus versos), y aunque así no dicho, está su paso blanco por todos los rincones de estas páginas, cuando la piedra se tatúa con sangre, y los emisarios de la arena ritúan dátiles en la más alta hora solar, en tanto que cercanos a la hoguera los corazones de las mujeres y los niños descifran al viento. Instaurada la fábula y luego de su tránsito por la ladera que la perpetúa en músicas rituales: ¡Ah, la vasta enrancia!/ A cuántos hizo hombres,/ a cuántos, recuerdo/, ascendemos con García Usta a la memoria impregnada de patios y pájaros abaleados. Playas que se abren pródigas en una tierra nueva. Aguas para lavar la herida del exilio. Calles cuyo declive con su piedra bautismal, recuerdan toda la antigua historia. Ventanas para la nueva canción que el mar se lleve. Y en la última luz, vulnerados todos los paisajes, sabemos que una vez más será posible con su brújula, perseguir las noticias del olvido. “…Y aquella mano, ya página de polvo…”


Alegría ante la muerte
Reseña del libro Oficios del Goce, de: Enrique Yepes (Aparecida en revista Común Presencia No.13/14 Bogotá, abril/2001)

Quizá la alegoría del autor, en este libro de contenido rigurosamente filosófico, sea discernir el goce manifiesto entre el combate de la necesidad y la fascinación de las rupturas. El conjunto de sus análisis antes que pretender deslumbrarnos, intenta ser un paso reflexivo que nos permita indagar por las galerías y estadios de nuestra desazón interior, donde el mismo goce (sinónimo de sobrevivencia), clave de nuestra contradictoria identidad latinoamericana, es re-significado para recobrar la connotación de la alegría ante la muerte propuesta por Bataile.

La aventura que se inicia con Flor y Canto –término para definir la poesía en el idioma náhualt– finaliza en Hacia la otra orilla, confluencia de las más recientes voces del territorio antioqueño, y en las que, según el propio Yepes "los desechables de Medellín", inauguran un lenguaje marginal para inscribir dentro del género literario sus obsesiones más cotidianas.

Evoca con precisión La guerrilla estética de los años sesenta, el surgimiento de diversos grupos artísticos a lo largo y ancho de nuestros países y los Movimientos que revolucionaron toda una época a través de sus diversas utopías entre los que vemos discurrir: El Nadaísmo en Colombia, Los Tzántzicos en Ecuador, El Techo de la Ballena en Venezuela, el Grupo 8 en Costa Rica, El Grupo de los Elefantes y la Generación Mufada en Argentina, la generación Tropicalista en Brasil, Los Mafiosos en México, y Orígenes en Cuba; post-vanguardias que no sólo dieron nacimiento a colectivizaciones y manifiestos, sino que posibilitaron la creación y enriquecimiento cultgural de diversas revistas literarias.

Con agudeza psicológica traza un mapa válido para definir Las identidades dislocadas entre Alejandra Pizarnik y Cristina Peri Rossi, exorcismo de manos crispadas que conduce a una poética de desarraigo e interiorización, que desde otra orilla cobija también a grandes escritores de América Latina como Olga Orozco, Clarice Lispector, Idea Vilariño, Severo Sarduy y Enrique Lihn.

En El acto de autonomía y las alianzas, capítulo dedicado a Rosario Ferré y Gioconda Belli, relaciona el sentido de identidad, cruce de espejos mutuos, con el que casi podría decirse que se inaugura la poética de autoexploración, influyente y representativa de la década del ochenta.

La violencia, la miseria, la desolación, las anomalías que provocan una realidad descarnada, en ocasiones propician una forma expresiva que es profundamente trabajada por Enrique Yepes.

Rico en citas y análisis, este libro impresiona por la minuciosidad con la que el ensayista va tejiendo su legado, para adentrarnos en una América Hispana llena de marginalidades y silencios que se vuelven identidad y grito, desplazándonos por diferentes épocas de la más reciente historia de tortura y exilio de nuestro continente.

La novedad de Oficios del Goce aunque un poco en su concepto, está también implícita en el estremecimiento de esas voces que se alzaron para crear desde su fuerza interior una rebeldía literaria, que no sólo se inscribió como tal en el ámbito universal, sino que permitió socavar dentro de los linderos sociopolíticos de nuestros países subyugados, denunciando con una palabra innovadora las precarias condiciones de su tiempo.


La fábula y el desastre
Reseña del libro La fábula y el desastre de: Alvaro Pineda Botero (Aparecida en revista Común Presencia No.15 Bogotá, junio/2002)

Fielmente representada por un pensamiento incisivo, La fábula y el Desastre (Estudios críticos sobre la novela colombiana, 1650-1931), mucho más que un documento utópico es el análisis detallado y fiel de una historia sucesiva. A lo largo de sus páginas el autor evalúa significantes y significados de las 52 obras registradas, tejiendo un intenso “corpus” que nos conduce por los ideogramas de nuestra narrativa hasta 1931, pilares que no sólo son revelación y hallazgo, sino recordación inusual de las características que predominaron en las estancias narrativas universales (Romanticismo, Post-romanticismo, Realismo, Modernismo) y que al fusionarse con nuestros lenguajes regionales dieron origen a todo tipo de definiciones por parte de otros analistas, conceptos que pineda Botero desestima muchas veces.

Confluyen en estos estudios críticos no sólo el análisis del contenido y los antecedentes de las obras, sino las referencias y referentes de los autores, su entorno, contextos culturales, afinidades generaciones e influencias exteriores de otras literaturas de la época y que de una u otra forma fueron asimiladas por los escritores locales.

Para citar uno de los pocos ejemplos de su intenso trabajo, Pineda Botero, nos induce en El desierto prodigioso y prodigios del desierto, escrita hacia 1650-1673, y en la que el autor: Pedro de Solís y Valenzuela (Bogotá 1624-1711), recrea instancias reales de sus ancestros inmediatos, (llegados con la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada en 1538) durante la Fundación de Santafé de Bogotá.

El ensayista nos induce por las simultáneas argumentaciones de esta novela, suma de interrogaciones, códigos, reflexiones, signos e inquietudes teológicas en la búsqueda de la divinidad, hasta llegar al imaginario o representación simbólica del laberinto a través de mansiones (capítulos) que van describiendo las navegaciones funerarias en la psiquis del autor y cuyo valor excepcionar no sólo radica en el hecho de estar considerada como la primera novela hispanoamericana (¿) sino en esa suma de voces que convergen y constituyen un gran aporte en la evolución del género de la novela, en un recorrido interior que nos lleva del Barroco imperante en la España de 1960 al colonialismo americano anecdotario y fundacional.

Aunque justificado el interés de Alvaro Pineda Botero según sus propias palabras en “acercarme a la novela colombiana desde sus orígenes, más como novelista que como historiador o crítico”, la trilogía se cumple de manera amplia, convirtiendo la obra en un documento sobresaliente y de privilegiada lectura, puesto que entre sus innumerables aciertos está también implícito el descubrimiento historiográfico de obras fundamentales para el panorama creativo nacional y de las cuales en muchos casos sólo se conservan registros bajo el polvo en los anaqueles de antiguas bibliotecas.

Continuando la ardua lectura y asistidos del hilo conductor que teje las épocas de las obras: (La Colonia, La República, La Independencia, etc.,) encontramos múltiples textos cuyo transcurrir literario va desde conspiraciones septembrinas, amores imposibles, sabidurías indígenas, costumbrismos y epopeyas, exilios, duelos y traiciones, generando todo tipo de nombres para la narrativa colombiana, como: novela indigenista, poética, regional, romántica, histórica, época, social, política, etc., entre obras que en algunos casos apenas son el esbozo de una intención novelística y otras que por su contenido y estilo han trascendido el panorama nacional constituyéndose en paradigmas de la narrativa latinoamericana.

La lectura de las 580 páginas que conforman las novelas analizadas, es ante todo el registro profundo y brillante de una escritura que no ha dejado de ser nada distinto al oleaje continuo entre la utopía y el fracaso, la vida idílica y la violencia descarnada, y que quizá el autor definió magistralmente como: La fábula y el desastre, para una mayor comprensión de nuestra cuestionada tradición narrativa.


Misteriosa levedad
Reseña del libro Antología poética de: António Ramos Rosa para Revista Común Presencia No.17 Bogotá, Abril/2005)

Metamorfosis de oscuridad en luz. Transmutación de claridad en relámpago, como si el tiempo y cada palabra pronunciada, construida, reencontrada, tuviera el necesario sino de una permanente confluencia edénica. Poética que implosiona en una alternancia reveladora, serenamente contenida de una suprema sensibilidad.

No es sin embargo en esos únicos espacios donde la obra de este poeta portugués nacido en Faro en 1924, ha cifrado sus más altos y metafísicos instantes. Una treintena de libros desde: El grito claro (1958), Viaje a través de una nebulosa (1960), Voz inicial (1960), Sobre el rostro de la tierra (1961), Ocupación del espacio (1963), Terrear (1964), Estoy vivo y escribo sol (1966), Claridades (1986), Pólen silencio (1992), Clamores (1992), El principio del agua (2000), El aprendiz secreto (2001) entre otros, nos franquean sorpresivamente los múltiples universos que António Ramos Rosa ha venido tejiendo y cuyas puertas permanecen abiertas para que penetremos por diversos haces de luz, en el ámbito de su imaginación.

Ya en sus iniciáticos: El grito claro y Viaje a través de una nebulosa, la escritura discurre en constante confrontación con un tiempo de oprobio a través de poemas precisos que develan su permanente preocupación por la reivindicación del ser y la denuncia de sus opresiones:

El tiempo impersonal / En que fingimos tener un destino cualquiera / Para que nos conozcan los amigos forzados / Para que nosotros mismos nos sintamos humanos / Y este fardo de tinieblas / este dolor sin límites / Lo podamos llevar en una valija portátil...

Movimiento siempre para ser habitado. Espacio de presencias –a veces ausentes– que António Ramos Rosa integra a su universo íntimo, para que recorramos todas sus vertientes

Una rosa fulgura / No es extraño / Sobre una lágrima

Y la reminiscencia aunque posee el decantamiento de una antigua nostalgia, renueva la mitología del asombro permitiéndonos vislumbrar la vitalidad órfica con la que el poeta ritualiza la palabra, para que una vez más se cumpla el mito.

Levedad impregnada de misterio para que la imagen sea transportada por un vilano que al final del viaje ha esparcido sus catalizadoras semillas capaces de ofrecer uno de los mayores encantamientos de su palabra: el hilo conductor que bien nos transporta a la respiración densa de cada poema, o el trayecto que paradójicamente guía a esa misma levedad misteriosa, a la desnudez, al despojamiento total.

Materia en trashumancia. Ser o no ser en la inmanencia de ese viaje circular que es el poema y en el que una vez más el poeta reafirma la intensidad de un esencialismo transparente para plasmar la imagen a través de signos intemporales, abstracciones cósmicas o propuestas alquímicas.

De las atmósferas en las que lenguaje y realidad se conjugan para que el verbo poético irrumpa dentro de su más clara y suprema sensibilidad, pasamos a su tejido de los contrarios. Poemas en contravía y cuyo eje central es un destellante magnetismo:

Cuántos caminos se abren en la página respirable, ¡cuánto azul se propaga en las palabras desnudas, cuánta sombra por el calor adentro!

Misterio versus claridad, formulación y búsqueda permanente. Azul, más desnudez y sombra, tejen ese exquisito halo de enigma que constituye nuestra otredad existencial.

A través de sosegadas respiraciones, el autor nos acerca a otro de los eslabones de su obra: La poética de la luz, que emerge con su dialéctica de tinieblas:

¿Será posible despertar? ¿Será posible vibrar? Esta es la ceniza última del ser. Tal vez yo venga a renacer aquí, en el silencio laberíntico, escuchando sobre un árbol blanco la tranquila voz del mar.

Poeta múltiple, de linaje profundo, de fecundas dualidades, António Ramos Rosa, una de las altas voces de la poesía portuguesa de todos los tiempos, nos invita una vez más a la cómplice liturgia de sus palabras, esas que:

Descienden por escaleras negras / Hasta las primeras aguas y las redondas sombras / En que el silencio es / El puro silencio sin imágenes.


El linaje del agua
Reseña del libro Secreta Mudanza para Revista Común Presencia No.17 Bogotá, Abril/2005)

Heredero de una rica tradición: "el agua", Antonio Correa Losada, escritor colombiano nacido en Pitalito (Huila) en 1950, con su personal palabra poética, nos entrega Secreta mudanza, cuyo rigor nos lleva por atmósfera palpitantes que nos van abriendo su mundo de cosmogónicas visiones.

La lluvia ensordece / sobre las maderas / y del agua emerge / el cuello del animal / y suave / asciende / la casa estremecida.

El agua, quizás una de sus más constantes invocaciones... nos llega en este poemario a veces contenida de fantasmas, de trozos de madera, de un rumor constante que recorre escaleras sombrías o pasadizos húmedos, o irrumpe en ocasiones con la desolación de lo perdido que se recupera en sus ondas que regresan (lluvia o río, o simplemente esa humedad que levita en estancias extraviadas). Agua, siempre agua como representación de una catarsis que tras la devastación, imprime al corpus del poema una serena y extraña dulzura y que en ocasiones también nos alcanza como elemento fundamental que lava y mitiga las pesadumbres.

(...) La lluvia hunde sus dedos / en el fango y se lleva / la fija sombra de lo que ya no está.

(...) ¿Qué hace el ojo / para fijar el agua / a punto de borrarse / con el sueño?

Todo este transcurrir por imágenes que simbolizan el río, pareciera ser la bitácora de viaje por la que el poeta navega hacia su palabra de matices nostálgicos.

Esta navegación es quizá la que lo conduce también a su Secreta mudanza, que pareciera no ser más que una íntima elección de este viaje infatigable, que porta en su equipaje los elementos de un viaje interior y físico largamente iniciado hace ya muchos años.

Estrechamente unidos a esta lectura vamos eslabonando inquietantes preguntas:

En la pensión / el extranjero busca / debajo de los muebles / monedas que apacigüen / el incendio / el agobio / Y una delgada ave sale de su boca.

Este fragmento de su poema Ventana que bien pudo ser escrito en cualquier estancia de alguno de sus viajes, o bajo la contemplación de las cúpulas de aquellas iglesias que alguna vez fueron testigos silenciosos de su ejercicio de lazarillo, cuando Borges lo eligió para recorrer de su brazo el histórico centro de las callecitas quiteñas, o en su travesía por los paisajes húmedos de nuestra Leticia amazónica. Esa ventana, repito, que nos muestra sin dificultad el impacto en la retina de Correa Losada, de aquellos monumentales monolitos de la Isla de Pascua, o de la calle Recoletta en un monólogo interior con su Borges de siempre, o su fascinante celebración de los imperios aztecas, nos permite también asomarnos a la nostalgia de su exilio.

Y devora con las manos / El tiempo –agrio y dulce– / De una geografía en éxodo.

Verso contrapuesto que nos remite también a esa evocación citadina, a las calles donde la noche avanza entre el clamor de los solitarios y el eco de puertas y cerrojos, imágenes contenedoras de su fervor por el adjetivo preciso, por la arquitectura del poema, por el simbolismo que habita en cada uno de sus espacios interiores, elementos todos que le imprimen a su voz su tono único:

Perturbado / Camino por un denso jardín / Y leo la oración del moribundo

El poeta, viajero también de la noche y de los libros, de las miradas y los pájaros como nos lo recuerda El vuelo del Cormorán, una de sus primeras publicaciones, condensa en este nuevo título la voz primordial de la vigilia que asalta al extranjero. Esa que extrañamente nos hace recordar en muchas de sus atmósferas al poeta alejandrino Kafavis, y que a pesar de los caminos nos permite regocijarnos con esa Secreta mudanza de Antonio Correa Losada y testimoniar de nuevo el hallazgo de esa ciudad que siempre lo habita, el reencuentro con su patria de palabras que siempre va con él.


La poética del bronce
Apuntes sobre la obra pictórica de Jim Amaral. Nota para el libro Vigilias, de Javier González Luna (Común Presencia Editores, Bogotá, noviembre/2004)

Asomarse a la obra escultórica de Jim Amaral, no es recorrer un tiempo circunscrito en el aquí y ahora del arte contemporáneo. Es, como lo pensaría Borges: arribar a un espacio cósmico, donde las infinitas y múltiples obsesiones del artista, nos develan claramente todos los puntos del universo. Bajo esta premisa contemplamos su obra, donde la Esfinge aguarda y su cadencia es el secreto encadenando al tiempo. Es el punto y la esfera. Es la impasible serenidad en el imaginario y tramposo recuadro de la eternidad.

El artista lo sabe. La deificación de su mitología interior se abre para mostrarnos las reliquias etruscas que nos conducen por la existencia de esta cultura con sus descripciones indescifrables. Perros guardianes evocadores de la antigua nostalgia de los navegantes, que con sus cabezas esbeltas desafían el olvido. Caballos azules que custodian las tumbas funerarias. Divinidades que preservan en la ausencia de sus bocas el himno del mar. Rostros amordazados que quisieran hablarnos del enigma (¿del ser? ¿del tiempo? ¿De ese que fue suyo real y mítico? ¿De este nuestro, vacuo, fugaz y mentiroso?)

Súbitamente algo nos detiene: Su trascendente pátina en la que imperan el azul y verde. Colores fáusticos y monoteístas que al decir de Oswald Spengler son: «Los colores de la soledad, de la solicitud, de la gran curva que une el presente con el pasado y el futuro, del sino como decreto inmanente en el cósmico conjunto».

Curva: pensamos recordando la sentencia de Spengler. Presente con pasado, pasado con futuro en este recorrido de pulsaciones indefinibles lleno de Minotauros y Libélulas; de Lunas escondidas en un vientre de mujer, quizá para recordarnos que allí se resumen la luz y la ceniza; de Yelmos en cuyo fondo se inscriben extraños jeroglíficos; de Hombres-pájaro que en ocasiones parecieran contemplar el infinito como cazadores de estrellas: de Vigilantes inmóviles de un remoto pasado, que cruzan por la pátina como ángeles sobrevivientes de un complejo universo.

Sino: decimos. Y resplandecen los Talismanes adosados a una espalda andrógina, que en el imaginario colectivo quisieran protegernos del ineluctable ocaso. Torsos mutilados: materia y forma que podríamos casi leer, porque en todas sus líneas está contenido el misterioso encanto del pasado.

Espacio-tiempo-profundidad-color. Categorías que Jim Amaral maneja para legarnos sus metafísicas y que entre movimiento y sensación, nos inducen a atravesar sus túneles para hallar del otro lado nuevos seres, aquellos cósmicos argonautas del futuro y sus intrincadas máquinas del tiempo, bajo cuyos engranajes nos sentimos participando de una lúdica bradburiana.

Cósmico conjunto: reflexionamos y no es otra cosa lo que el artista ha logrado bajo los pliegues del metal, por los que descendemos nuevamente a su espacio físico. La espiral de los cuerpos nos atrapa como una bengala en la retina. El escultor permite que éstos nos hablen en su propio lenguaje. Los conduce como un astrolabio para que observemos su posición y movimiento. Sexos abiertos al flujo y reflujo de su erótica misteriosa y cuya fantasía obliga a levantar el velo para acceder a recintos inviolados, esos que quizá encierran en su ascesis la temeraria y ansiosa respuesta del hombre. Brazos que giran como aspas aladas en un vuelo que toca el infinito. Cerebros en cuya corteza está inscrita la primera y última metáfora de la vida. Cuerpos en sepia. El punto y la esfera nuevamente. Eslabones y Centauros. Minotauros, Ruedas, y Cadenas. Ventanas que se abren posibilitando nuestra libertaria imaginación.

Un recorrido «De profundis» por su «Noche lunar», en el que nosotros también como en el Aleph de Borges (y que el poeta nos preste sus palabras) vimos un rostro y todos los rostros del pasado, vimos una mano modulando su obra, y en esa mano la huella digital que nos revela el alma del artista, vimos la sonrisa de Jim Amaral que contiene sus sueños y todos los sueños de los hombres. Vimos la interrogación, y el signo y el punto y entramos a la casa del tiempo, para encontrar de frente la definitiva poética del bronce.


Símbolos de una perpetua memoria
Apuntes sobre la obra pictórica de Fernando Maldonado
Nota para libro Revelación y caída, de: Georg Trakl. (Común Presencia Editores, Bogotá, octubre/2002)

Viajero de la expresión, Maldonado es un incesante creador decidido a liberar sus obsesiones, sus sueños y delirios utilizando todos los signos y caminos abiertos por los más arriesgados pintores del arte universal. Para él todos los hallazgos estéticos sirven y es necesario utilizarlos previa pregunta a la muerte.

Una multiplicidad de indagaciones oscilantes entre las tendencias del expresionismo, el surrealismo y un religioso futurismo, trasegado durante las dos últimas décadas, nos dejan suspensos ante sus trazos que gravitan a lo largo de esa obra enraizada en una profunda poética y en la simultaneidad de sus espejos sensibles.

Fernando Maldonado es el místico que cuenta el porvenir en atmósferas del pasado. Sus Anunciaciones futuristas y sus elementos mágicos figuran lo hierático. La huida de lo sagrado lo perturba, y su pintura más que una crítica o confirmación de la ausencia de los dioses, es una reflexión, un intento por recobrar lo ritual y las relaciones del hombre elemental, emprendiendo un discurrir concéntrico que regresa cómplice al origen de las formas.

Los signos que devela, no están allí al azar, aparecen ejerciendo su sentido mítico, primordial. Existen entonces sus sábilas que emanan un poder mágico y hacen levitar los elementos, sus conejos y peces suspendidos. Las sombras voraces que acechan siempre a sus personajes y los niños atados a la naturaleza-mujer. Medialunas en el vientre, ciudades bíblicas que se desmoronan... Pinceladas, en fin, que afirman el ayer, el ahora y el mañana, plasmando símbolos de una perpetua memoria.


En el reino de Maldoror
Prólogo al libro Cuentos perversos (Común Presencia Editores, Bogotá, abril/2002)

Si la literatura puede hacer belleza de la perversidad fundando escenarios de una lúdica fascinante como lo demuestran los veintiséis relatos seleccionados, y ofrecer herramientas fundamentales en el conocimiento del ser humano como lo comprobaron Freud y Jung; la Colección los Conjurados, además de pretender una vindicación de los autores incluidos, es un reconocimiento a la más libre imaginación humana.

El camino circunscrito en estos textos, más allá de una idea del bien o del mal, nos abre un espacio literario que reprimido, extraviado o escandalosamente consagrado, descifra nuestra íntima naturaleza, acercándonos a lo que Nietzsche en su Genealogía de la moral, denunció como esa «equívoca conciencia» que durante siglos hizo contemplar al hombre «con malos ojos» sus inclinaciones naturales.

Separados de nuestra profundidad, fuimos obligados a portar la máscara para tener cabida en un escenario moral establecido; las religiones estigmatizaron el hedonismo, y el gran filósofo Epicuro fue severamente confiscado; así las sociedades castrantes inventaron términos como diferenciación, excluyendo la posibilidad de la otredad y del reconocimiento de aquellos seres que dirigían sus deseos hacia espacios no establecidos por la moral en uso.

El erotismo e incluso el humor negro, que han transitado desde siempre por complejos y secretos senderos y cuya ceremonia íntima se ha mantenido oscilante entre Eros y Thanatos, fueron recibiendo en el escenario de su esencia multiforme, radicales definiciones que lindaban con el prohibido universo de la perversión.

Pero si nos pertenece el cuerpo como nuestros placeres, si la imaginación se funda en él para obtener su pasaporte al estallido; podríamos afirmar que el sombrío nudo de sus actos, es tal vez la fuerza secreta, predestinada desde nuestra química galáctica.

En los relatos míticos todo era permitido, los dioses y lo héroes realizaban sus sueños y asaltos sin restricciones, y en esa cruel fantasía se revelaba la fuerza sombría y originaria del ser. Resulta entonces sorprendente la antimemoria del hombre en el decurso de su historia, si leída desde el contexto testimonial de sus inicios, recordamos nuestra procedencia exacta de una Eva incestuosa.

Por eso el arte, con sus postulados de conciencia y denuncia, es el encargado, siempre, de abrir la puerta que nos mostró las búsquedas y vías de la pasión humana, que tan profundamente inquietan a la especie.

Las fiestas de la Fertilidad de la Tierra y las bacanales celebradas en homenaje a Baco, el Perfecto (según el verso de Witman), han desaparecido; sin embargo asistimos al culto del cuerpo, verdadero objeto de devoción que ha sido despojado de su trascendencia sagrada, ahora entronizado como dios moderno, y atado a los cánones de una moral victoriana aún imperante en el desolador inicio del Siglo XXI.

Así la sucesiva fascinación oculta de ese animal que somos, de ese ser que se esconde bajo los párpados, afirma también que todos, en el más indescifrable de nuestros pliegues, somos la confirmación exacta de Narciso, es decir: la certeza de nuestra propia e insalvable obsesión; porque el yo es insuperable.

El recorrido de esta antología, nos lleva por varios estadios de los temas proscritos, donde existen los más reconocidos matices de la perversión amalgamada con el erotismo.

Apuleyo en su Asno de oro, que podría ser un anticipo feliz de Kafka, si pensamos en su punto de vista narrativo, devela su resplandeciente humor zoofílico, tema igualmente latente en el cuento extraído de Las mil y una noches donde una princesa sexualizada por un mono crea una divertida situación inolvidable.

Con Sacher-Masoch y Sade asistimos a la violencia propuesta como un despiadado instinto territorial del placer, en un encarnizado juego del poder sexual; donde la sangre y el castigo reinan.

Bataille desde otra orilla, en la historia de sus jóvenes protagonistas, nos muestra la forma como éstos convierten el ajedrez del deseo en una escena surrealista, con imágenes provocadoras de un delicioso infantilismo.

A través de la pluma de Nabokov y caminando entre sus destellos de humor negro, sabemos lo que le puede pasar a un adulto cuando es pervertido por una niña libidinosa.

El Premio Nobel japonés Yasunari Kawabata crea una situación transgresora cuando el anciano de su historia condenado a acostarse con una joven narcotizada, intenta inútilmente rescatar el erotismo que ha huido con sus años.

Barbusse nos deja ver por un orificio el despertar del deseo entre una pareja de hermanos y dentro de ese mismo espacio incestuoso, el adolescente que protagoniza la historia de Mishima observa a su madre haciendo el amor con un marinero, como preámbulo de una venganza que será la recreación japonesa del mito de Edipo.

Para Genet el despiadado acto planteado por su personaje Querella, es la forma de expiar un crimen, llevándonos en su relato a una ejecución interior devastadora.

Anaïs Nin y Cydno de Mitilene –esta última de existencia casi ilusoria– ven el deseo con ojos femeninos y fundan dentro de sus literaturas crueles ceremonias.

Y como las artes plásticas también son festejadas en este libro, el magistral dibujo de Miguel Ángel titulado: El rapto de Ganímedes, plasma la violación del hermoso efebo a manos –mejor a garras– del dios Júpiter convertido en águila, mientras Balthus, uno de los artistas más controvertidos del siglo XX, recrea a una de sus niñas impúdicas en un cuadro lleno de simbolismos, junto a un gato que bebe leche.

Dioses y hombres en el concierto del mundo han desafiado los conductos de una razón establecida y testimoniando sus libertades individuales han sido exiliados y proscritos.

Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont, considerado por los surrealistas como el genio de la rebeldía, dentro de la más alta poesía maligna, lleva a su personaje central Maldodor, a hacer el amor con un tiburón hembra, en uno de los episodios más perversos y deslumbrantes de la literatura. Hay una variedad tal de frenesí en Lautréamont, una potencia tal de metamorfosis, que la ruptura de los instintos se encuentra, a nuestro parecer, realizada. (Bachelard).

Pero si el siglo XX trajo consigo la liberación femenina y se extendieron y multiplicaron los estudios de sexología y psicoanálisis en su analítico intento de descifrar esa summa de creencias, costumbres y valores que rigen los comportamientos de la criatura humana, es posible que el Siglo XXI sea regido por los postulados de Bruckner y Finkielkraut en El nuevo desorden amoroso, que proclaman: Unirse no debe conducir a otra cosa que unirse de nuevo y de mil maneras, con mil otros mundos.

Dicha idea conduciría a una nueva comprobación en el sentido de que esas verdades develadas, o transgresiones lúdicas, –el camino a las sensaciones del goce, a partir del cual surgen grandes interrogantes filosóficos y metafísicos que habitan en nuestra alquimia–, continúan y seguirán constituyendo uno de los grandes y complejos equipajes del hombre en su viaje terrenal.

Para recorrer estos Cuentos perversos, nada sería entonces más acertado que recordar aquel graffiti escrito en Nanterre durante los episodios de Mayo del 68: «Inventen nuevas perversiones, ¡yo ya no puedo más!... y evocar la cínica frase del filósofo rumano E. M. Cioran que colma de humor esta visión transgresora: Dichosos Onan, Sade, Masoch... sus nombres, lo mismo que sus proezas, no envejecerán jamás.


Rostros de mujer
Prólogo al libro Los Matices de Eva de Maribel García Morales (Colección los Conjurados, Bogotá, Mzo/2004)

Como un culto a antiguas leyendas, fabulaciones, mitologías y grandes literaturas universales, Maribel García Morales recrea en Los matices de Eva, aquellas imaginerías, que si bien ya existían con sus símbolos, sus límites y augures, cobran un nuevo halo en estas páginas bajo el aliento de una visión que se entreteje con lo cotidiano y lo fantástico, para franquearnos la puerta del estricto género de la minificción.

El puente que se cruza durante la lectura de sus relatos, está signado de imágenes poéticas que en ocasiones recuerdan a Borges y a Schwob, o nos instalan intempestivamente en los parajes de Ítaca o en el Huerto de los Olivos, para reiterarnos que el tiempo no es el aquí y el ahora, sino una sucesión de ciclos vitales que nos han enseñado lo que somos y que contienen en su corteza de siglos lo que hemos de ser, pues «cuando ya no se verifican los grandes acontecimientos que compendian el sentido interior de toda cultura, comienza el imperio del absurdo… Estos pueblos ya no tienen alma. No pueden, por lo tanto, tener historia…»; afirma magistralmente Oswald Spengler en la Decadencia de Occidente y quizás en esa continuidad y ruptura que ejerce Maribel García en sus Matices, se encuentre el mayor logro de este nuevo título de la sutil narradora.

Recorriendo su tejido de pasajes, surge bajo luces tenues, corrientes marinas, habitaciones de paso, jardines inmemoriales o simplemente en la sobrecogedora nostalgia del recuerdo: la mujer.

Ella ocupa en todos estos cuentos, el sitial de heroína de la historia que se teje y se desteje. Es la conductora de los hilos del sentir, pensar y obrar, bajo cuyo albedrío giran las más altas y bajas pasiones cósmicas y terrenales.

Así lo afirman los títulos que introducen a cada uno de los relatos: La mujer de pesadilla, por ejemplo, no es otra cosa que la versión femenina de Gregorio Samsa, en un sentido homenaje a la Metamorfosis y al terrible universo denunciado por el genial Franz Kafka. En La mujer de sal, nos encontramos con la re-creación poética del pasaje bíblico de Rut, la esposa de Lot, en su huída de Sodoma. El canto de la sirena arrullando las naves de Odiseo, y el escribano de aquellas memorias, se encuentran una vez más y de una bella forma mitificados en La mujer de escamas. Con su inesperado final, La mujer de carmín nos enfrenta a ese juego de espejos que retrata la frágil condición humana, mientras en La mujer de savia hallamos un espacio para lo fantástico mediante la siembra de una perturbadora creación humana.

Las imágenes continúan remitiéndonos aquí o allá a un autor, una historia, una parábola o simplemente un sitio, entre palabras que surgen cargadas de erotismo y misticismo (condiciones tan necesarias y urgentes en toda mujer).

Nada mejor entonces para saludar este libro, que acudir a un magistral cuento de Ray Bradbury y con él desearle a la autora, que en su transcurrir esta nueva obra sea protegida por: La dorada cometa, el plateado viento.



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